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Estel Díaz, directora de ‘A fuego’: “Nos preguntamos qué nos interesaría ver ahora mismo si fuéramos adolescentes”

Estel Díaz dirige su primer largometraje, A fuego, con una premisa: “Cualquier conflicto puedes resolverlo si tienes una red que te entienda”. Zoe Bonafonte y Ruslana protagonizan este drama juvenil en el que se reivindican el baile y lo colectivo.

Con una trayectoria como directora vinculada esencialmente a las series, Estel Díaz recibió el encargo de su primera película casi como una operación de rescate. Igual que sus protagonistas, aquí había una historia que no había encontrado su lugar, pero aún podía rehacerse y salvarse: “Me contactó directamente Andrea Barrio Nuevo, productora ejecutiva de Atresmedia, y me dijo: ‘Tenemos un guion muy antiguo del que solo queremos conservar dos elementos: jóvenes y baile. ¿Qué te viene a la cabeza?’”, recuerda la directora. Y lo primero que le vino es que las historias de adolescentes que acostumbraba a ver no les representan y esta era la oportunidad perfecta para liberar a este público tan denostado de algún que otro cliché. Para ello, incorporó a la guionista Nuria Dunjó: “Nos preguntamos qué nos interesaría ver ahora mismo si fuéramos adolescentes, pensamos en Step Up o High School Musical y fuimos un poco contra todo eso para hablar de qué nos había pasado de verdad a nosotras”.

En medio de ese replanteamiento del género surge uno de los espacios centrales de la película: El búnker, un lugar abandonado convertido en epicentro de fiestas clandestinas y batallas de baile donde Lola, la protagonista, encuentra un refugio que le ayudará a entender qué pasó con su hermano.

Durante su trabajo como directora en la serie Red Flags, junto a Nando López, Díaz insistió mucho en la necesidad de que los jóvenes encontraran lugares seguros en medio del ruido de las redes sociales donde desarrollarse, y puede que El búnker sea la materialización de esa idea: “Puede verse así, como la traducción analógica de crear comunidad”.

Además, la directora pertenece a la asociación cultural Futuroa y reconoce que su experiencia fue la inspiración definitiva para levantar A fuego en torno a la idea de lo colectivo: “Organizamos fiestas y concursos drags. Empezamos ocupando una sala y creando un espacio seguro y se generó una comunidad enorme. Enseguida pensamos: ‘Vamos a trasladar esto a El búnker, pero en versión baile’”. También han tenido otros lugares de referencia, como La Antigua Massana, un emblemático edificio del Raval que funcionaba y se sostenía con movimiento vecinal.

Actuar y bailar en ‘A fuego’

El casting está encabezado por Zoe Bonafonte (El 47), como Lola; y la acompañan Omar Banana (El refugio atómico), Marc Soler (Viva) y uno de los grandes reclamos de esta película: Ruslana. Para ella, es su primer trabajo como actriz, pero ya cuenta con legiones de fans de su etapa en Operación Triunfo: “Alejandro Gil, el director de casting, disfruta mucho buscando perfiles fuera de la interpretación tradicional. Sabía que podía bailar perfectamente, pero sobre todo veía en ella el descaro que necesitaba Bego”. Para los que no siguieron su concurso, os ponemos en contexto, lo último que quería encima del escenario era bailar: “¡Me lo decía mucha gente y yo no lo sabía!”, cuenta la directora de A fuego. “Me decían: ‘Pero si ella no quería bailar’, y yo: ‘¿Perdón? Mírala. Creo que aquí estaba haciendo exactamente lo que quería hacer. Quiso hacer la película y vino con una actitud increíble’”.

Ruslana en A fuego.

Para entrar en El búnker el equipo se ha enfrentado a un reto monumental: un reparto mixto de bailarines y actores y conjugar el lenguaje de la danza con el audiovisual. Detrás de las piruetas imposibles y la coordinación milimétrica de la pista de baile de A fuego está la coreógrafa Ana Macau, a la que podríamos considerar casi una tercera guionista: “Yo la veo muy cerca de la dirección visual en esta película. Tiramos menos de referencias cinematográficas. Los actores participaron muchísimo en ese proceso. Zoe dedicó todos sus fines de semana a ensayar”.

Entre coreografías y torrentes de sentimientos difíciles de gestionar, estos jóvenes logran convertir un lugar destinado a desaparecer en un espacio para compartir, aprender, crear y asociarse. En definitiva, un espacio que defender. Pero, ¿realmente se organizan los jóvenes de hoy colectivamente para reclamar su sitio? “Antes tenías a la gente de tu instituto y poco más. Ahora puedes conocer personas de otras ciudades, de otros barrios y con otros intereses”, cuenta Díaz. “No toda la población adolescente es activista, pero hay una parte muy importante que tiene una actitud muy activa y hace las cosas por su cuenta porque no les gusta lo que les ofrecen. Eso hace que muchas veces surja la pregunta: ‘¿Y por qué no hacemos algo juntos?’”.

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