Una road movie entre el sur de España y la Costa Azul, una película que juega en los límites del documental, una reflexión sobre la identidad. Así es Lionel, de Carlos Saiz.
Cuenta Carlos Saiz que, cuando hace años conoció a su amigo Lionel gracias a la afición compartida al grafiti y escuchó su historia, sintió la necesidad de retratarlo en una película. De ese impulso surgió inicialmente el corto La hoguera (2020), a posteriori convertido en algo similar a un primer acto del largometraje que el director murciano estrena ahora en España: Lionel, una road movie que transcurre en el camino que une la ficción con lo documental y en su tránsito explora la dañada relación entre un joven y su padre, que a la vez son los personajes y los actores encargados de interpretarlos, tanto para reflexionar sobre asuntos como la pérdida y la búsqueda de identidad como para preguntarse qué es eso que llamamos familia, qué la mantiene unida y hasta dónde estamos dispuestos a llegar por ella.

Al principio de la película, Lionel acentúa sus ansias y miedos ante un futuro incierto tras descubrir que está a punto de perder la pensión de orfandad con la que vive desde el fallecimiento de su madre. Para agravar su estado, su padre reaparece tras varios años de ausencia con una propuesta: que el joven lo acompañe en un viaje en coche desde Murcia a Marsella para visitar a Alicia —hija de uno y hermana del otro— y seguir luego hasta la Costa Azul. Lo que comienza como un simple trayecto por carretera se convierte en un convulso recorrido a través de recuerdos, conversaciones pendientes, sentimientos y tensiones, y en un proceso de recuperación de los afectos y la memoria común. Saiz inició su carrera dirigiendo videoclips para bandas como Los Planetas, Carolina Durante o Él Mató a un Policía Motorizado y, ahora, las canciones de esos y otros artistas juegan un papel central en Lionel. “Decidí que la música tenía que reflejar lo que los personajes sienten”, afirma.

Cuando la película empezó a filmarse, nadie sabía cómo iba a terminar. “Teníamos un guion clásico de ficción que marcaba la ruta, pero nunca se lo mostré a los intérpretes”, recuerda el director. “Se había escrito en base a quienes son realmente, así que durante el rodaje necesitaba su naturalidad; mi trabajo consistía en generar estados de ánimo y crear las condiciones para que sucedieran cosas”. La energía que el viaje de los personajes transmite a través de la pantalla, añade, es muy parecida a la que envolvió la filmación. “El cine acabó funcionando como una terapia porque, frente a la cámara, padre e hijo se hablaban con una franqueza que les era imposible cuando estaban a solas”.