Crítica ‘Pequeños calvarios’: De micromiserias e ironía cruel

Crítica ‘Pequeños calvarios’: De micromiserias e ironía cruel

Crítica de la película 'Pequeños calvarios', debut en el largometraje de ficción del cineasta Javier Polo Gandía.

★★★

Javier, el menor de los hermanos Polo, debuta en el largo de ficción con una sardónica película de episodios sobre esas “micromiserias” cotidianas que, por mínimas que puedan parecer, en su acumulación terminarían por volver loco a cualquier cuerdo. Con un meticuloso diseño de producción que es puro kitsch almodovariano, rebosante de color y excentricidad visual, y entroncando con esa tradición tan nuestra del esperpento valleinclanesco, Pequeños calvarios encadena cuatro historias breves donde un variopinto grupo de personajes se ve sometido a una serie de tormentos que amenazan con arrastrarlos hasta el borde del precipicio. El hilo conductor del conjunto descansa en la figura de Carlo (Pablo Martín Molinero), un relojero que, a la manera de un extravagante demiurgo, parece tener el poder de intervenir en las vidas de los diferentes protagonistas. Aunque no todos los segmentos logran despertar el mismo interés —en este sentido, la película va in crescendo: la tercera y cuarta historias son las más suculentas—, esta farsa grotesca atesora los suficientes gags memorables para que su visionado merezca la pena. Queda al final, eso sí, la sensación de que a su ironía cruel le habría venido bien una última vuelta de tuerca en guion para que el conjunto hubiese terminado de explotar por todo lo alto.

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