Es historia viva de nuestro cine. Un tipo curtido en mil batallas, protagonista de películas icónicas, que ha tenido que reinventarse tras experimentar lo mejor y lo peor de la profesión. Ahora estrena 9 lunas, ilusionado con seguir haciendo lo que más le gusta: actuar.
La suya es una vida de película. Y, tras más de una hora de generosa y desordenada conversación, uno tiene la sensación de apenas haber rozado la punta del iceberg. Tampoco nos planteábamos recoger, siquiera, los highlights de tanta experiencia acumulada, personal y profesional. Ni 100 páginas de revista serían suficientes. Puede que él sí lo logre en la autobiografía que lleva tres años preparando junto a un amigo escritor y editor. «Se lo está tomando con calma», nos dice entre risas. «Porque, claro, de cada batallita hay siete versiones. Yo creo que está esperando a que cumpla los 50 años de oficio». Sirvan estas líneas como medida de presión al autor, porque no se nos ocurren relatos más jugosos que las memorias de Jorge Sanz Miranda (Madrid, 1969).
Fue el niño de La miel (1979), Conan, el bárbaro (1982) y Valentina: Crónica del alba (1982). Fue uno de los actores favoritos de Fernando Trueba (El año de las luces, Belle Époque, La niña de tus ojos y su secuela, La reina de España, y El embrujo de Shanghai) y de Vicente Aranda (El Lute II, Si te dicen que caí, Amantes, la miniserie Los jinetes del alba y Libertarias). Y ha participado en filmes tan icónicos como Orquesta Club Virginia (1992), ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? (1993) o Los peores años de nuestra vida (1994).
No es que su trayectoria acabara ahí, en absoluto. Pero, como muy bien refleja la serie ¿Qué fue de Jorge Sanz?, quizás el más representativo, por mil razones, de sus trabajos con su amigo David Trueba, la carrera de nuestro hombre entró en una montaña rusa que le dejó claro que el éxito es tan caprichoso y voluble como el fracaso, y que nunca hay que dar nada por sentado en la industria del cine. Ahora, Sanz ejerce de padre en proceso de deconstrucción del protagonista de 9 lunas (estreno en cines el 3 de julio), una feel-good movie sobre un hombre trans que se plantea si seguir adelante con su no planeado embarazo.

El Jorge Sanz de 9 lunas es un secundario de peso en una película-abrazo, que habla de la experiencia trans huyendo del trauma.
Secundario de peso. Ahí me has ganado, me gusta. El niño, el galán… varios pasos hasta llegar a secundario de peso. Mi personaje es un tipo que intenta aprender, metiendo sus patas. Es una película muy tierna, sobre una familia bonita que busca el lado positivo de la vida. Lo de película-abrazo mola. Y en cuanto al trauma, afortunadamente ha cambiado mucho la forma de ver el tema.
Hace 30 años, tu personaje lo hubiera hecho algún secundario de peso de nuestro cine. Eres el Agustín González, el Manolo Alexandre, el Fernán Gómez de nuestros días…
Me gustaría haber visto a Agustín González haciendo este personaje —se carcajea—. Es que, date cuenta, esa es mi generación, aunque no lo fuera por edad. Yo soy el niño de la generación de esos veteranos. Cuando necesitaban a un chaval, ¿quién iba a hacerlo? ¡Que venga el niño! Es un orgullo que me digas eso.
Con tanta experiencia, ¿te sientes el sabio de la tribu en los rodajes?
No, porque si te descuidas eres el abuelo Cebolleta. «Cuando hicimos…», dice con voz de anciano. Hay que ir con mucho cuidado. Te puedes creer Fernán Gómez y estar haciendo el gilipollas. También es verdad que en dos años cumpliré 50 palos en el oficio. ¡50 años! Debería pedirme la prejubilación sin ningún cargo de conciencia. Tengo una vida laboral que no puedo con ella —ríe—.
Has visto evolucionar el oficio de mil maneras…
Sí, la técnica, por ejemplo. O antes, si un actor no llegaba tarde a un rodaje, no era nadie. Ahora, si no eres puntual, organizas un roto que ni te imaginas. Los equipos funcionaban como un batallón del ejército, una cadena de mando que no se saltaba ni el tato. El ayudante de dirección era un sargento chusquero y todo se hacía a gritos, a voces, como Dios manda. Y luego, otra cosa que me llama mucho la atención: empecé en la época del destape y no sabes cómo ha cambiado el trato a las actrices. Queda mucho por hacer todavía, pero la evolución ha sido brutal. En aquella España de trogloditas, la actriz estaba ahí rodeada de buitres y, como yo era el niño de la peli, me cogía y me usaba como escudo templario.
Siendo niño actor, ¿en casa nunca hubo miedo a acabar como tantos juguetes rotos?
La cosa era no llegar a ser un juguete antes de romperse. Mi padre era militar, coronel de Caballería. Bastante reaccionario. Pero decía que, si el niño era bueno, se divertía y le gustaba, había que tragarse el sapo. Uno tiene que hacer lo que le haga feliz en la vida. Y a mí, la verdad, actuar me hacía feliz. La gran discusión en casa era que no me volviera un muñeco; ese era el peligro. Me dejaban hacer películas si no me volvía gilipollas, evidentemente, y si iba bien en los estudios, si aprobaba. Era la condición y se cumplía. Era muy gracioso mi padre, porque no quería ir a los estrenos, con todo eso del destape y la farándula. Y luego me enteré de que muchos fines de semana ponía Conan a los soldados de su regimiento.
Quizás cumpliste con los estudios, pero has reconocido que durante una época eras bastante arrogante.
Claro, con 18 años yo era Gardel: tenía pasta, trabajo, viajes, fama, coche, casa. Y conoces a mucha gente, así que hoy no puedes negarlo porque hay muchos testigos —ríe—. Pero aprendí con Verónica Forqué, que me trataba como a un hermano pequeño, que la fama era como si fueras primo segundo de todo el mundo. Ella fue la que me encaminó. No te vuelvas loco, pero disfrútalo. La fama es cojonuda.
¿Cómo conjugaba toda esa locura con la disciplina que presupone tener un padre militar?
Esa era la base. La base es que, para poder hacer eso, tienes que ser el prota de esas pelis, hablar con la prensa, ir a festivales, cumplir en los rodajes aunque llegues tarde. Lo otro es un extra. No puedes perder esa balanza; si se desequilibra, dejas de currar.
¿Cuál dirías que fue el primer punto de inflexión? ¿El Goya por Si te dicen que caí?
Quizás un poco antes, con El año de las luces (1986). Yo estaba cambiando, el salto de niño a veinteañero es brutal. Yo he tenido una suerte enorme; he hecho pelis chulísimas con directores chulísimos, haciéndome mayor como actor y como persona en pantalla. Hacer de un chaval que está cambiando, la primera vez que se enamora, que fuma, que tiene sexo…

Los Trueba han sido claves, en tu carrera y en tu vida.
Hoy por hoy, David es el mejor. Cómplice y creador. Y Fernando y Cristina Huete… Cuando hice El año de las luces tenía 16 años, y flipé en colores. Hasta entonces, a los rodajes me acompañaban mi madre o mi hermana, y por primera vez fui solo. A Portugal, con un ambiente maravilloso, de convivencia absoluta y buen rollo. Yo quería hacer eso durante el resto de mi vida. Quería ser como aquella gente.
Además, Fernando y David te hacían unos trajes a medida que te cagas. Fernando nos llamaba el Grupo Salvaje. Recuerdo un día que me llamó: «Estoy reuniendo a la banda». ¡Voy! Y al llegar a su casa, me regaló La reina de España, tío. El Julián Torralba de La niña de tus ojos y de La reina de España es un personaje que querría hacer el resto de mi vida. Durante el rodaje me poseía. O el personaje de ¿Qué fue de Jorge Sanz?. Torralba, creo que me quedo con Torralba.
¿El sentido del humor ha sido fundamental para sobrevivir a los altibajos que, en ¿Qué fue de Jorge Sanz?, se contaban tan bien?
Supongo, pero eso te viene con el tiempo. Hay épocas en las que te tomas muy en serio a ti mismo, y otras en las que no. Y eso lleva tiempo. Luego llega la posibilidad de interpretar un personaje tan novedoso como Jorge Sanz. No todo el mundo puede hacerlo. Me gusta pensar que uno de mis mejores personajes ha sido hacer de mí mismo.
¿Habrá más temporadas?
Creo que sí, seguir es muy tentador. Y bonito. Podría tener más éxito y cobrar un poco más —ríe—.
En la serie te desnudabas a muchos niveles, pero en las entrevistas que has hecho tampoco has tenido nunca pelos en la lengua.

