Sergi López y Laia Marull protagonizan La terra negra, drama rural de Alberto Morais sobre la idea de encontrar refugio en el otro.
Dice no reconocerse en Bresson. Tampoco en Dreyer. “Me lo han comentado mucho, pero lo cierto es que nunca les tuve en mente mientras trabajaba en esta película”, asegura Alberto Morais al ser preguntado por sus influencias en La terra negra, su último largometraje (ya disponible en cines). Del primero, director de Un condenado a muerte se ha escapado (1956), la película de Morais posee el hieratismo de los intérpretes (“modelos”, como los llamaría el francés); del segundo, autor de Ordet (1955), está la exploración del alma humana a través del misticismo. De ambos, la narrativa elíptica, el minimalismo de la puesta en imágenes, el rechazo frontal a todo melodramatismo. La austeridad de las formas, en fin, a la hora de representar lo espiritual, poética de la que hablaba Paul Schrader en su ensayo El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer (1972).
“Y también me han dicho unas cuantas veces que mi película tiene algo de western, cosa de la que tampoco he sido consciente”, añade Morais. Del género norteamericano clásico que John Ford elevó hasta lo mitológico La terra negra tiene, además de la dimensión simbólica del paisaje árido, el arquetipo del forastero misterioso y redentor que irrumpe en una pequeña comunidad y desencadena una radical transformación en sus vecinos.
“En este sentido, a quien yo tuve en mente fue a Pasolini”, cuenta el director refiriéndose a Teorema (1968), alegoría sobre la vacuidad de la clase burguesa en la que un joven Terence Stamp (una suerte de mesías erótico) entra a formar parte de una familia de bien para, tras seducir uno a uno a todos sus miembros (padre, madre, hijo, hija, sirvienta), desaparecer por completo, dejando tras de sí una estela de descomposición espiritual, revelación mística y caos existencial.
Sean o no deliberadas, la película de Morais está atravesada por múltiples resonancias de un cine entendido como medio para la revelación interior.
En La terra negra, que el propio Morais define como “neorrealismo místico”, Miguel (Sergi López), un expresidiario de aura enigmática, arriba a un pueblo de la campiña valenciana para trabajar en un molino. Dos hermanos lo regentan: María (Laia Marull), quien, tras estudiar en la ciudad y fracasar laboralmente, debió regresar al hogar familiar; y Ángel (Andrés Gertrúdix), al que la vecindad mira con recelo por considerarlo un fracasado indigno de haber heredado el negocio de su padre, ya fallecido.
La llegada al lugar del misterioso hombre interpretado por Sergi López desencadenará una serie de cambios en el sentir de sus personajes, conduciéndolos a una forma de epifanía que pondrá en tensión sus pasados, sacudirá sus presentes y terminará por determinar sus futuros.
“Al final, es una película sobre la idea de la colectividad. Este, en palabras de Varoufakis, tecnofeudalismo en el que vivimos, que siempre encuentra la forma de hacernos creer que hemos fracasado en algo, termina por llevarnos a ser cada vez más individualista. En La terra negra, Miguel y María, dos personajes desamparados, encuentran un refugio el uno en el otro”, explica Morais, que se inspiró en las experiencias reales de personas cercanas para dar forma al relato. Y añade: “Ambos personajes desarrollan una relación no romántica, sino de mutuo apoyo, de complicidad silenciosa, que los llevará a sentirse reconciliados con el mundo el uno a través del otro”.
La película, dividida en dos capítulos (Dies Irae y Vía Crucis) y atravesada por múltiples elementos simbólicos de orden sacro, arranca con una imagen del Agnus Dei, de Zurbarán, sobre la que poco a poco se imprimen los créditos iniciales. “Ese cordero de Dios ofrecido al sacrificio es Miguel, el personaje al que interpreta Sergi López. Es un actor portentoso. Es curioso, porque ha trabajado muchísimo, pero en España nunca ha sido tan reconocido como debiera. Tiene un César, un Premio de la European Film Academy, una medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos… Y aquí todavía no se habla mucho de él. Parece que este año, con el éxito de Sirat en Cannes, las cosas empezarán a cambiar”.