En ese mencionado momento en las aulas de La Sorbonne, la profesora que interpreta Laetitia Casta cita a Godard y a Truffaut. Decía el primero que el tema clave de casi todas las obras de Hitchcock era la relación amorosa de sus protagonistas. Colette explica a sus alumnos que La ventana indiscreta pone en escena una crisis de pareja y una resolución que pasa por la investigación de un asesinato. Y alude a François Truffaut, para quien el personaje de Grace Kelly triunfa por partida doble: resuelve el crimen y acaba con un anillo de pedida.

En esas dos citas está la esencia misma de Asesinato en la tercera planta: un marido tirando a misántropo que, enfrascado en la escritura de su nueva novela, apenas sale de casa aunque no tenga la pierna rota como James Stewart. Y una esposa enérgica y resolutiva que, tras ser testigo a través del ventanal de su apartamento de lo que parece ser una muerte violenta, encuentra en su investigación un modo perfecto de resucitar un matrimonio que languidece entre la rutina y el aburrimiento. Los interpretan estupendamente Gilles Lellouche y Laetitia Casta.
UNA CARTA DE AMOR
Potenciando sus elementos más cómicos, Asesinato en la tercera planta es un autoconsciente homenaje a Hitchcock verbalizado por sus protagonistas, pero también desde lo formal: “Eso fue lo más difícil, reproducir momentos, planos, encuadres, de sus películas. Porque ‘Hitch’ es un tipo de cineasta opuesto a mí. Él lo pasaba todo a través de la imagen, y yo trabajo siempre en base al texto”. Es fácil reconocer guiños a Vértigo, Psicosis o, claro, La ventana indiscreta. Pero Bezançon también mira a Misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen; a Ser o no ser, de Lubitsch; o a Philippe de Broca y su Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo. Dice Rémi Bezançon: “Sin compararme con Steven Spielberg, quise proponer algo parecido a lo que hizo con Los Fabelman, mi particular declaración de amor al cine”.

Con títulos a sus espaldas como El primer día del resto de mi vida (2008), Un feliz acontecimiento (2011) o La biblioteca de los libros rechazados (2018), Rémi Bezançon ha dejado su sello con filmes que conectan con el público sin caer en lo más básico de la comedia popular francesa. “Eso espero”, ríe. “En Francia, la etiqueta de popular tiene un sentido peyorativo. Yo hago las películas que quiero hacer, y no es fácil, porque es un tipo de cine que está yéndose a la mierda”, confiesa cuando le interrogamos sobre las dificultades de tomar el camino del medio entre las comedias más chabacanas y superproducciones tipo El conde de Montecristo. Y continúa: “Mis películas no se parecen a la mayoría de comedias francesas. Mi estilo va hacia lo humanista, que viene de mi adoración hacia La regla del juego, de Jean Renoir. Para mí, todo está ahí, en esa tragicomedia que mezcla emociones, que te hace reír y llorar a la vez”.
No es el caso de Asesinato en la tercera planta, que apuesta desacomplejadamente por la risa. De hecho, da la sensación de que el rodaje fue un disfrute: “Sí, lo pasamos muy bien. Y no siempre ocurre. Hice La biblioteca… con Fabrice Luchini, y lo adoro pero… ¡es un cabrón!”, remata entre carcajadas.
