Es una de las grandes damas de nuestro teatro, logró una popularidad desmedida en la tele y parece tener un sexto sentido para dejarse ver en el cine cuando toca, en películas como Volver o Maixabel. Ahora, ‘la Portillo’ vuelve a la gran pantalla con Día de caza.
Lo escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa y lo volvió a inmortalizar Burt Lancaster cuando su personaje en El Gatopardo, de Visconti, decía aquello de que “todo cambie para que todo siga igual”. Si nos referimos a ella, ya pueden llover chuzos de punta: su presencia llena el escenario, y no ha dejado de ser una de las grandes de nuestro teatro desde hace lustros. Y si lo aplicamos a la película que presenta estos días, y, por ende, a su afinado retrato de esta España nuestra, lo tiene claro: “Hay algo de lo que contaba Saura hace 60 años, que sigue en marcha, algo de la España que retrataba que no ha cambiado. Y da un poquito de miedo”, afirma Blanca Portillo (Madrid, 1963), a propósito de Día de caza, su nuevo trabajo en la gran pantalla (estreno en cines 10 de octubre).
Revisión, o relectura, o actualización, de uno de los clásicos inmarchitables del cine español, aquella La caza (1966) con la que la furia de Carlos Saura diseccionó la podredumbre moral de un país bajo el yugo de un dictador asesino, Día de caza propone un ejercicio tan insólito como revelador, en el fondo y en la forma. Dirigida por Pedro Aguilera, y protagonizada por un tremendo póquer de actrices (la Portillo, la Machi, Rossy de Palma y la recién llegada Zoe Arnao), el filme reúne a cuatro mujeres en la misma finca infestada de conejos en la que Saura desarrolló su inmisericorde relato. Seis décadas más tarde, las preocupaciones son otras, pero la prevaricación y los chanchullos son los mismos. Y aquel campo de batalla reconvertido en coto de caza es ahora terreno recalificable, pura especulación urbanística, munición para la cultura del pelotazo, símbolo de la corrupción sistémica que parecen abrazar todos aquellos que tocan poder.

Las cacerías, como apuntaron los maestros Saura y Berlanga (en La escopeta nacional, otra obra maestra que sabía dónde apuntar y dónde disparar), son, reflexiona Blanca Portillo, “de los lugares donde más negocios se hacen, donde hay más tráfico de influencias. Y a día de hoy asisten a cacerías casi más mujeres que hombres. Eso también me dejó loca. Es todo un tinglao. Como el palco de un equipo de fútbol”.
Volver a Saura y a La caza sería bastante motivador, así de entrada…
Flipé cuando me lo propusieron. Más cuando me dijeron que íbamos a ser mujeres en vez de hombres. Leí el guion y me encantó: aunque sigue paso a paso el desarrollo del original de Saura, tiene una visión más moderna, más contemporánea. Y ya cuando me dijeron quiénes estaban a bordo… apaga y vámonos.
Tremendo trío y tremenda recién llegada. Si Zoe Arnao no se había graduado ya… ¡cómo os aguanta el tipo!
¡Vamos! La pobrecita nos decía, estoy aquí con estas pura sangre, y muerta de miedo. Y le contestábamos: “No, hija, no, no te preocupes, que miedo tenemos todas, no pasa nada”. Porque a mí me pasaba también: de repente voy a tener que actuar con estas tres actrices… madre mía, yo me cago de miedo. Con Zoe es con quien menos escenas tengo en la película, pero hay algo en su mirada que es honesto absolutamente conmovedor. No hay contaminación. Da gusto trabajar con ella y ver cómo escucha y cómo mira. Eso me emocionó muchísimo. Y es una chica tremendamente inteligente, también emocionalmente. Me encantó, como trabajar por primera vez con Rossy o el reencuentro con Carmen, no habíamos vuelto a trabajar juntas desde 7 vidas… O sea, que yo, como Zoe, también fui al set de rodaje temblándome las patillas [risas].
Ese dato me ha dejado con el culo torcido. Algo me decía que os habíais hartado, en el buen sentido, de trabajar juntas.
No eres el único, y no. ¡Han pasado 25 años! Y ya es raro que no hayamos coincidido en nada alguna vez, porque además Carmen trabaja mogollón. Pero no, ni en cine ni en televisión ni en teatro. Fue muy curioso reencontrarnos. Entiendo que la gente crea que hemos trabajado mucho juntas, porque se creó un vínculo tan fuerte… ha sido como volver a casa, como algo normal, como familia, como si no hubiera pasado todo este tiempo. Yo con Carmen trabajo muy bien, me gusta mucho. Disfruté mucho, y con Rossy y con Zoe también.

Nos has hablado de Zoe, ¿qué nos dices de Rossy y de la Machi?
Rossy es una especie de huracán. Donde entra, hace todo fuaaah [reproduce el efecto tornado con las manos]. Y trabajar con ella es una sorpresa constante, porque además improvisa mucho. Hace muchas cosas distintas y en cada toma te da algo nuevo, siempre muy sorprendente. Entonces eso te activa, te pone las pilas. Y luego lo de Carmen… es que conozco a pocas personas con una capacidad natural para convertir lo imposible en verdad. O sea, consigue lo que nadie podría lograr que pareciera. En la película hay una borrachera que creo que nadie en el mundo podría hacer mejor. Con ella me pasa algo curioso: estoy haciendo una secuencia como dividida. Estoy interpretando al personaje, pero también está Blanca mirando a Carmen pensando: “¿Pero qué hace esta pava? ¡Pero qué buena es!” [risas]. Es muy bonito eso. Y es una gran compañera. Es que le tengo con un cariño enorme. Sigue siendo una mujer cercanísima, divertidísima, graciosísima y muy generosa.
En la peripecia de esas mujeres de un cierto estrato social y de una determinada ideología, tu personaje dice: “El cine es el gran mimado de los progres y se tiene que acabar”.
Mira, recuerdo que le dije a Pedro: yo no puedo decir esto. O sea, esto va contra mi naturaleza, no me va a salir. Y es guay decirlo, porque hay mucha gente que lo piensa y lo verbaliza, y lo afirma con toda la tranquilidad del mundo. No dejo de pensar que hemos vivido años de dictadura en los que el cine estaba completamente amordazado. Había una censura y solamente se contaban las historias que el poder omnímodo decidía que se contaran. Entonces entiendo que, cuando el cine habla de ciertas cosas, haya cierto sector de gente que se moleste y crea que eso no es cultura. Que es una mamarrachada y que somos todos unos progres. Si lo creen, por algo será. Que se miren al espejo y vean por qué les pasa. Yo no creo en absoluto que el cine sea el niño mimado de nadie. Perdónenme, pero la cultura tiene que ser abierta y contar la realidad. No podemos hacer cine para contar lo que a usted le interese. Hay opiniones y hay maneras de ver el mundo. ¿Que les parece que el cine es patrimonio de progres? Pues bueno, para eso estoy en esta película diciendo esa frase, para que vean lo ridículo que resulta.
Otra frase que escuchamos en la película: “La cultura ha sucumbido, ha fracasado. Ya no es útil”.
Si tengo que dar mi opinión, yo no creo que haya fracasado. Se puede intentar acallarla, eliminarla, simular que está ahí pero no es necesaria. Se puede vivir perfectamente sin ella. Pero eso es solamente un discurso. Yo creo que la cultura y el arte sigue moviendo el mundo, que pueden mover conciencias y pueden desestabilizar. Que es de lo que se trata. De desestabilizar, de hacer pensar y de entrar a través de otro lugar que no es únicamente intelectual: la emoción. Si no creyera en esa idea, ya habría dejado este oficio. Ha habido momentos más o menos críticos para la cultura, pero siempre se la ha querido eliminar porque es incómoda, porque molesta, porque se enfrenta al pensamiento único. Y siempre habrá un discurso que diga que la cultura ya no vale para nada.
Hablábamos de la sensación de que con la Machi habías coincidido mucho más de lo que habéis trabajado juntas. Me ha pasado algo parecido al repasar tu filmografía: pensaba que habías hecho mucho más cine del que has hecho. ¿El teatro ha sido tu prioridad?
Es verdad que no he rodado tantas películas. Es que… para hacer más cine, te tienen que ofrecer hacer más cine. Eso para empezar. Y luego, que lo que te ofrezcan sean proyectos que me apetezcan de verdad. Entonces, es verdad que yo priorizo el teatro, porque le tengo una devoción especial, pero me encanta rodar cine. Es verdad que a muchas ofertas les he dicho que no, aunque nunca he tenido cuatro guiones en la mesa para elegir, eso no me ha pasado. En todo caso, ¡estoy muy contenta de las cosas que he hecho! No es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Prefiero hacer menos y hacerlo rico.
¿Dirías que Maixabel y Teresa son tus dos grandes personajes en cine?
Bueno, hay otros, porque, por ejemplo, la Agustina de Volver la guardo como un tesoro. Y me dio también muchísimas satisfacciones. Yo no necesito hacer un protagonista para sentir que es un trabajo mejor. Se pueden hacer grandísimos trabajos en personajes pequeños. Siete mesas de billar francés también me influyó mucho y fue muy importante. Pero es verdad que Maixabel… he tenido mucha suerte de poder encarnar a un ser humano de ese calibre, como personaje contemporáneo y vivo. Y ser Santa Teresa de Jesús, vamos a ver, estamos interpretando a un ser humano de un nivel… Cómo no van a ser personajes que te marquen, más allá de si están más o menos bien hechos. Son personajes con los que tienes que dejarte la vida porque lo merecen. No es que otros no lo merezcan, pero es que esos… ¡vamos! Yo me dejo la vida siempre que puedo, eh, siempre que me permiten dejarme la vida, me la dejo [risas]. Luego habrá otros trabajos donde me digan: no, esa vida que tú traes no me vale. Haz otra. Bueno, pues hago otra. Pero donde me han permitido trabajar como actriz a full y a fondo… Esos cuatro lo serían, sí.

Hay una cierta unanimidad en torno a tu trabajo. Es probable que nunca te hayan hecho una mala crítica. ¿Cómo convives con el elogio?
Es verdad que nunca me han dedicado una crítica destructiva. La única vez fue cuando me he puesto a dirigir teatro. Un periodista escribió que era mejor que me subiera al escenario, que es lo que sabía hacer [risas]. Tengo la impresión de que me tratan muy bien. Y yo intento hacerlo cada vez mejor. Pero para las malas críticas ya estoy yo, y además soy muy cruel conmigo misma. Todo es mejorable siempre. En todo caso, el elogio sólo me ayuda a confiar en que lo que hago es lo que tengo que hacer. No me sirve para vivir del cuento. Porque además tengo una toma de tierra muy bien anclada. Nadie de mi entorno me ha dicho nunca que se me hubiera ido la pinza.
¿Qué momento profesional dirías que vives?
Curioso [risas]. Me estoy haciendo mayor. Y empiezo a cambiar mis prioridades. Durante más de 40 años, y por encima de todo, la prioridad ha sido mi trabajo. Y ahora empiezo a poner más en valor mi tiempo privado. Quiero trabajar menos, y hacerlo a gusto. Y estar tranquila. Y descansar. Son muchos años dedicándome a esto. Además, encadenando una cosa con la otra, porque yo nunca he estado en el paro, y toco madera. Esta profesión es muy absorbente. Viajas mucho, pero por trabajo. Conoces a mucha gente, pero luego se van… no se convierten en relaciones muy duraderas. Y pierdes tiempo con tu familia, y muchas otras cosas. Con lo cual dices, ya me merezco un descansito, trabajar menos y disfrutar más de la vida. Y estar con Eduardo, mi perro, que es el amor de mi vida. En el mundo nadie se ha alegrado tanto de verme, ni mi madre, ni mi padre, ni nadie. Y la alegría que él me da a mí también.
Fotos: Getty Images
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