Buena suerte, pásalo bien, no mueras supone el regreso de Gore Verbinski (Piratas del Caribe), una sátira distópica de un futuro demasiado parecido a nuestro presente, con Sam Rockwell y Michael Peña.
Gore Verbinski logró convertir Piratas del Caribe, durante mucho tiempo nada más que una atracción del parque Disney World carente de línea argumental o personajes destacables, en una de las sagas más taquilleras de la historia del cine. Y, a pesar de ello, Buena suerte, pásalo bien, no mueras es el primer largometraje que el director estrena en casi una década, desde La cura del bienestar (2017). “No ha habido ni un solo día en el que no hayamos estado trabajando”, explica al respecto. “Me he peleado con uñas y dientes por cada proyecto que no llegó a hacerse realidad”. En ese tiempo el mundo ha cambiado de forma radical, y la nueva película se sirve tanto de una intrépida mezcla de géneros, de la ciencia ficción al romance pasando por el cine de acción y la sátira salvaje, como de un ritmo narrativo endiablado para reflexionar sobre algunos de los retos a los que se enfrenta la sociedad actual, como nuestra dependencia de las pantallas, la normalización de la violencia con armas de fuego y la amenaza para la humanidad encarnada por la inteligencia artificial.

En concreto, Buena suerte, pásalo bien, no mueras sigue a un hombre misterioso (Sam Rockwell) que llega a un restaurante con una misión urgente: debe reclutar a la combinación perfecta de clientes del local para que se unan a él en una aventura nocturna destinada a salvar el mundo de una IA superpoderosa y maligna. “Me parece bien que las nuevas tecnologías nos ayuden a curar el cáncer o a hacer todo aquello que nosotros no sabemos hacer”, comenta el director. “Pero ¿por qué íbamos a permitir que escriban canciones o cuenten historias en nuestro lugar? ¿Es que también nos reemplazarán a la hora de respirar, o de tener sexo, o de hacer todo aquello que nos convierte en humanos?”
Pese a la relevancia temática de la película, Verbinski confiesa que tuvo enormes dificultades para atraer inversores. “Ningún estudio quiso financiarla, porque no es una secuela, ni un remake, ni una precuela, y porque vulnera todas las convenciones narrativas”, comenta. “Como no se ajusta a los patrones que marca el algoritmo, Hollywood no supo qué hacer con ella”. Para Rockwell la película también presentó complicaciones: el atuendo que vistió durante el rodaje, un impermeable y un chaleco suicida repleto de dispositivos, tubos y cables, pesaba casi 20 kilos. “Me hizo sentir increíblemente miserable”, asegura el actor. “Pero, dado que mi personaje carga con el peso y la supervivencia del universo sobre sus espaldas, aquel traje se convirtió en una metáfora de los más apropiada”.
