Somos amigos y hemos trabajado juntos en rodajes. Tenía escrito un guion en el que había estado inmerso por motivos personales. Al leerlo, supe que era una historia hermosa que merecía ser rodada.
¿Qué te atrajo de la historia tras esa primera lectura?
Me fascinó la humanidad de Auri y de su familia, y cómo, desde la cotidianeidad y la sutileza, Samu contaba tantas cosas sobre sus vidas y deseos.
La película retrata el momento en que Auri, de 65 años, empieza a hacer cosas que nunca había podido permitirse.
Me interesaba hablar del momento en el que alguien, después de una vida dedicada a los demás, se pregunta qué quiere realmente. Auri ha sido siempre ama de casa, madre, abuela… y de pronto se encuentra con algo tan sencillo como tener dinero propio. Eso desencadena una revolución íntima.
¿Cómo entraron en el proyecto los tres protagonistas?
A Cristina Marcos (Alatriste, Cuéntame) siempre la he admirado; contacté con ella para la ocasión. Karra Elejalde me dijo: “Las películas pequeñitas dirigidas por mujeres son una alegría para mí”. Marco Cáceres aportó esa autenticidad malagueña que yo buscaba, completando la familia.

¿Cómo trabajaste con ellos en el set?
Hicimos mucho trabajo de mesa, explorando los personajes en lugar de ensayar secuencias enteras, porque el espacio era pequeño y lo importante era la relación entre ellos.
¿Cómo definirías el tono de la película?
Melancólico, agridulce, con un punto satírico y existencial. Y con un toque, también, de realismo mágico.
Es una historia muy intergeneracional, donde conviven distintas frustraciones y sueños dentro de la misma familia.
Me interesaba que cada personaje tuviera su propio anhelo: el marido con el sueño de que el nieto sea futbolista, el hijo con su sensación de que la vida se le ha pasado sin cumplir sus metas… La historia de Auri dialoga con la de ellos, porque su decisión de cambiar sacude a toda la familia.
Los personajes secundarios están muy cuidados.
Cada uno refleja la vida del barrio y aporta profundidad, desde la farmacéutica hasta la dependienta o el policía al que interpreta Salva Reina (El 47).
Rodada en Canarias, podría reflejar cualquier barrio español.
La idea es que fuese universal. Buscamos integrar acentos variados y contar con figuración emigrante, mostrando esa diversidad y universalidad de la vida de un barrio.
Inicialmente, la película iba a titularse Cataratas.
Sí. El título original era metafórico, y me gustaba porque me permitía jugar con esa idea de lo que los personajes ven y no ven, tanto literal como figuradamente. Sin embargo, la productora me propuso optar por un título que tuviese más fácil traducción a otros idiomas.
¿Cómo fue trabajar con Pau Esteve, director de fotografía, y Pascal Gaigne, compositor de la banda sonora?
Con Pau fue muy fácil, porque somos pareja y tenemos mucha complicidad. Pascal, por su parte, aportó tranquilidad y ese tono de francés, como de cuento, que yo buscaba. Después, José Villalobos sumó la música electrónica, que para mí era clave de cara a reflejar el mundo interior en mutación de Auri.
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¿Cómo percibes tu evolución como cineasta desde Alegría (2021) hasta este segundo largo?
Entre una producción y otra, he trabajado mucho dirigiendo capítulos de series. Eso es fantástico, porque te da mucho oficio y seguridad: tienes que aprender a resolver problemas en rodajes complejos y a adaptarte a distintos géneros y escenarios.
¿Qué te ha aportado la experiencia de rodar Auri?
Sobre todo, una cosa: que el trabajo cuidadoso con los personajes y los detalles de la vida cotidiana pueden dar lugar a una historia que, aunque quizá pueda parecer simple en un primer vistazo, esconde muchas capas emocionales.
¿Qué significa para ti haber estrenado la película en el Festival de Málaga?
Es volver a casa. La película es muy malagueña y representa tanto mi historia como la del guionista, Samuel, y su familia.
¿Algún nuevo proyecto entre manos?
Este verano voy a rodar en Málaga la adaptación al cine de Vengo de ese miedo, la novela de Miguel Ángel Oeste sobre el maltrato infantil.
