Bruna Cusí: “Entrar en el cine por la puerta grande me trajo varias desilusiones”

Bruna Cusí: “Entrar en el cine por la puerta grande me trajo varias desilusiones”

Bruna Cusí

En las salas por partida doble, con la recién estrenada Balandrau, viento salvaje y con Un altre home, que llega a finales de marzo, la actriz barcelonesa vive un momento dulce: acaba de ganar un Gaudí por Frontera y tendrá tres películas en el próximo Festival de Málaga.

Cuenta que la suya es una profesión intrínsecamente relacionada con los altibajos. Y eso explica que, en poco más de cuatro meses, la podamos ver protagonizando hasta tres películas. “Así es la carrera de los actores y actrices, hay momentos de resaca y otros en los que debes agarrar la ola y surfearla”, afirma. Después de su premiado personaje en Frontera, una mujer cuya fortaleza y decisión la lleva a enfrentarse al delirio fascista nazi ayudando a refugiados a escapar de una muerte segura, Bruna Cusí (Barcelona, 1986) ha estrenado en febrero la tan conmovedora como luminosa Balandrau, viento salvaje, de Fernando Trullols, que reconstruye una tragedia real sucedida en los Pirineos, y el 27 de marzo repite en los cines con Un altre home, de David Moragas, en la que ejerce de contrapunto y testigo de la crisis de identidad de su hermano en la accidentada historia de amor de una pareja gay.

Ha pasado casi una década desde su huracanada irrupción en la gran pantalla, con Incierta gloria y Verano 1993, y durante este tiempo Bruna Cusí ha vivido alegrías y algunas frustraciones, hasta ser capaz de quitarse pesos autoimpuestos, de entender que no hay tantos Agustines Villaronga ni tantas Carlas Simón en la industria, y de poner en valor las cosas que son realmente importantes en su oficio.

Estrenar tres películas en cuatro meses nos dice que el año pasado trabajaste mucho…

Sí, en 2025 rodé muchísimo y me lancé a varias piscinas con proyectos de todo tipo. Y ahora llega la explosión de todo lo que hice el pasado año. No solamente las tres películas que llegan ahora, también hice Los justos, que es una comedia sobre la estupidez humana, y Pizza Movies, con Carlo Padial [ambas en el próximo Festival de Málaga]. Y luego llegó una cosa muy loca: rodé No Feeling Is Forever en Corea del Sur, con Kit Zahuar, una directora chino-norteamericana que quiso trabajar conmigo después de ver Upon Entry en el SXSW de Austin. Fue toda una sorpresa que me llamara. Además, acabo de terminar la serie In vitro, con Marc Crehuet. Y para rematarlo me estrené rodando en francés con otra directora, Blanca Camell, en un cortometraje titulado Premier feu. Ha sido tan enriquecedor como agotador.

Hay que buscar un poco de calma después de la tormenta.

Sí, necesito un poco de pausa antes de empezar otras cosas. Sobre todo porque tengo que tener algo que ofrecer. Así que estas semanas estoy intentando impregnarme de otros mundos, porque me he quedado un poco vacía.

La casualidad también interviene en vuestra profesión: no debe de ser muy frecuente que una directora chino-estadounidense sea espectadora de una película española en un festival en Texas y se empeñe en contar con esa actriz que ha visto…

No, es que yo creo que existe una parte de azar y una parte de suerte muy importantes. Porque ella me ve en el momento concreto en el que estaba definiendo su película; y, además, buscaba actores internacionales. De alguna manera, mi trabajo ha dado frutos inesperados, y la casualidad y la suerte han jugado sus cartas. Y también el riesgo, y pienso, por ejemplo, en Los justos, que me ha hecho lanzarme a la piscina con un proyecto más comercial y en un género, la comedia, que no estoy tan habituada a tocar. Tenía ganas de probar. Y también, honestamente, había una parte de mí que piensa que ya tengo una edad y que debo empezar a hacer algo de colchón, entre otras cosas porque formo parte de una cooperativa de vivienda… Así que el cine independiente está muy bien, pero hasta cierto punto.

Hay que pagar las facturas.

Sí, hay momentos en los que también debemos romper con esa voluntad de querer ser siempre puros. Para jugar con las herramientas de mi profesión y tantear otras posibilidades. Y para pagar las facturas, obviamente. Pero lo cierto es que todas las experiencias que he tenido este año han sido muy positivas, mucho. Y estoy contenta de todo lo que he ido probando y que me ha sacado de mi zona de confort, en formatos que me hacían probarme, para ver si sabría defenderlos o no.

Ser más flexible con los apriorismos también tiene sus satisfacciones.

Para empezar, te da oficio. Con los años lo he ido entendiendo: tras Verano 1993 y esperar a que me saliera un proyecto como aquel, y ver que nunca llegaba… Al final, acabas comprendiendo que esto es un trabajo. Y que no hay tantos proyectos que satisfagan un sentido profundo hacia uno mismo. Nuestra industria es pequeña y no da tantas oportunidades, así que te lo debes tomar con deportividad, y ver que este es un oficio en el que estás aprendiendo continuamente. No sólo construyendo personajes, también a saber estar en un rodaje y a trabajar en equipo, a ver que hay muchas formas distintas de hacer, y a ser más resolutiva. Con cualquier trabajo se pueden aprender cosas y encontrar gusto por el oficio. Y obviamente tengo mis red flags, pero en todos los proyectos aceptados existía calidad artística.

¿Cuáles son esas líneas rojas?

Si considero que el proyecto atenta contra la mujer, que es machista de algún modo, no lo hago. También debo considerar que el personaje femenino sea interesante. Intento ser todo lo selectiva que puedo, pero sin perder las ganas de jugar. Porque donde yo soy feliz es en un rodaje.

Empezar en el cine por la puerta grande con Agustí Villaronga y Carla Simón, ¿tuvo algo de peso difícil de gestionar?

Sentí ese peso en los años posteriores a estas dos películas, y, de hecho, me llevé varias desilusiones: de alguna forma, hacerlas me abrió las puertas a castings muy cerrados de proyectos de cine autoral muy interesantes, en los que me acabaron rechazando, y con los que tuve algunas malas experiencias. La desilusión venía de proyectarme mucho en un tipo de cine con determinados directores y directoras. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que lo realmente importante es trabajar con equipos luminosos, con buenas personas. Cuando hablaba de líneas rojas, la principal es esta: no quiero trabajar con figuras sacras que después no tratan bien a sus equipos. Yo tengo ganas de pasármelo bien en esta vida, y quizá no sea con el director más consagrado del país, pero es que ya no es lo que busco. Yo había idealizado a ciertos cineastas y me comeré la lengua… pero me di cuenta de que es más importante trabajar con buenas personas. Esa es mi vara de medir. Y soy exigente, los guiones deben tener una calidad artística, pero sí, me fijo en que estaré bien rodeada.

Últimamente los intérpretes a los que entrevisto ponéis el foco en ese elemento humano…

Me he dado cuenta de que quiero trabajar con cineastas que entienden esto como un acto colectivo, más allá de una idea autoral. Más allá de esa figura que creo que viene de la Nouvelle Vague: el director consagrado, la figura a la que debemos reverenciar. Con los años he detectado que no se trataba de eso.

¿El cineasta con la verdad absoluta va desapareciendo?

Afortunadamente, las formas de hacer han cambiado. Y creo que en ese cambio ha tenido mucho que ver la ola de mujeres directoras y productoras, que han reivindicado poder tener espacio para dudar, para preguntar. Y esto ha hecho cambiar las formas de trabajar. Antes se consideraba que un director era una autoridad que tenía la última opinión. Eso ya no es así.

La reverencia, también para los intérpretes, te lleva a levantar los pies del suelo…

Sí, es muy fácil hacer un abuso de poder. Yo también, como actriz, soy muy consciente de que, en el fondo, tengo una posición de poder. Porque soy la persona que está delante de la cámara. Por ejemplo, cuando a los actores nos vienen a buscar a casa para llevarnos al set de rodaje o cuando nos dan un camerino, es muy fácil sentir que te están cuidando porque eres una figura excepcional. Y, en realidad, es porque quieren tenerte controlada y porque no se fían de que llegues puntual a tu hora. Es sencillo pensar que lo hacen porque eres especial. Y no, no lo eres, estás allí para currar como los demás. Pienso mucho en eso todos los días, porque durante los rodajes hay situaciones de tensión, y es cierto que nuestro trabajo es vulnerable porque manejamos emociones, y porque los actuales tempos de rodaje son muy justos y siempre hay mucha presión. Así que el estrés puede provocar que tus reacciones sean peores. Y es aquí donde debes estar más atenta y repetirte el mantra: sé amable con todo el mundo, todos están a tu mismo nivel y quieren remar en la misma dirección. Me lo digo todos los días porque pienso que es muy fácil desentenderlo, y ejercer ese abuso de poder, hablarle mal a alguien o suponer que alguien es menos que tú. Y esto creo que es algo que está empezando a cambiar, y que se nota en los equipos y en la energía de los rodajes.

Me da la impresión que tanto David Moragas como Fernando Trullols van en esta nueva línea de dirigir sin imponer…

Empezando por Balandrau, yo no he visto a nadie con más corazón y con más pasión que Fernando. Llevaba muchos años documentándose, y si esta película se ha hecho es gracias a su corazón, a la fuerza y al amor de Fernando por el proyecto, por su equipo y por el cine. Y el resultado es impactante. Es imposible no llorar con un canto al amor, a la naturaleza y a la vida como es Balandrau, imposible. Y en el caso de David y Un altre home, él también sabe transmitir muy bien las relaciones humanas, las contradicciones de los personajes, los traumas familiares, la crisis de toda una generación, de nuestra generación. Y el personaje era un bombón: pude lanzarme a la piscina con esa mujer controladora y subida de vatios, con una elevada crisis nerviosa. Me lo pasé muy bien con un trabajo muy interesante que está en esa fina línea entre el llanto y la risa, en ese límite, en ese desequilibrio.

¿Podemos decir que no ha habido demasiada estrategia en tu carrera?

Nunca ha habido estrategia porque nunca he tenido un objetivo o una ambición de querer llegar a ningún sitio, más allá de vivir de mi oficio. Sí diría que siempre he tenido mucha curiosidad, y ningún miedo a arriesgarme con proyectos más alternativos. En este país es muy difícil seguir una estrategia. Y sí, obviamente, me gustaría trabajar con Alauda Ruiz de Azúa, con Pilar Palomero, con Belén Funes, pero ¿cuántas pelis hacen estas directoras? Y que coincida con que busquen un perfil como el mío… Por eso también decidí empezar a escribir mis proyectos, para no sentirme frustrada por no acercarme a la carrera que a mí me gustaría tener.

Foto: Noemi Elias Bascuñana

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