Palma de Oro en el Festival de Cannes, ‘Un simple accidente’, de Jafar Panahi, nace de la experiencia que vivió en su segundo encarcelamiento. Hecho para la gente que conoció en aquella celda.
Por Irene Crespo
Jafar Panahi ha sido encarcelado dos veces por el gobierno iraní. La primera fue en 2010, acusado de hacer una película contra el régimen. La comunidad cinematográfica internacional se movilizó pidiendo su liberación y el director salió después de permanecer 10 días en huelga de hambre. Aquel episodio desvió su cámara “hacia adentro”. Empezó a contar lo que él estaba viviendo, con la prohibición de trabajar en su país y la imposibilidad de salir. Esto no es una película o Los osos no existen fueron el resultado de sus nuevas circunstancias. Después, en 2022 volvieron a detenerle y pasó otros siete meses encarcelado hasta febrero de 2023 y poco más tarde, le levantaron las restricciones y pudo volver a viajar y rodar. Razones para que su cámara haya vuelto “a girarse hacia el exterior”, como él mismo dice, “pero con un punto de vista diferente al de antes”. Es el punto de vista que muestra en Un simple accidente, Palma de Oro en el Festival de Cannes, al que pudo acudir en la que era su primera visita en más de una década y media. Un simple accidente nace directamente de su segundo encarcelamiento.
“Cuando salí, sentí la necesidad de hacer una película para las personas que había conocido entre rejas. Les debía esta película”, dice en sus notas. “Aunque hablo desde una experiencia personal, conecta con lo que ocurría en la sociedad iraní de manera más amplia, especialmente con la revolución Mujer, vida, libertad”. En la película, un hombre se encuentra por casualidad con uno de sus carceleros más crueles, con la duda de si es él, empieza a contactar a otros compañeros de celda para decidir si aquel fue su torturador y qué hacer en tal caso con él. Todos esos personajes que van entrando en esa furgoneta destartalada son ficticios, “pero las historias que cuentan se basan en hechos reales vividos por prisioneros auténticos”, asegura Panahi. “Lo que también es real es la diversidad de personajes y sus reacciones. Algunos se vuelven muy violentos, movidos por el deseo de venganza. Otros intentan dar un paso atrás y pensar en caminos a más largo plazo. Algunos estaban muy politizados. Otros no lo estaban en absoluto”.
Aunque oficialmente Panahi puede volver a rodar en Irán, una película con esta temática, en la que muestra todo el rechazo que existe hoy hacia el régimen, sería automáticamente censurada por el mismo. Por eso, al director no le quedó otra que volver a la clandestinidad. Y a pesar de todo, ha conseguido escenas que antes serían impensables, como las de actrices sin velo, o que todo su reparto aparezca con nombres y apellidos en los créditos. El director no sabe lo que pasará ahora por la película y su repercusión, pero sabe que siempre seguirá en Irán, rodando como pueda. “No sirvo para vivir fuera de Irán”, explica. “En cualquier caso, esta película tenía que hacerse. La hice, y aceptaré las consecuencias que puedan venir”.
