Kill Bill se estrenó en dos partes en su día, ahora llega a los cines la versión que Quentin Tarantino concibió originalmente de la película: Kill Bill: The Whole Bloody Affair, con siete minutos añadidos.
Kill Bill, la historia de una asesina profesional que emprende una furiosa venganza contra las cinco personas que intentaron acabar con su vida, es una sola película. Así lo ha asegurado con insistencia su director, Quentin Tarantino, pese a que se estrenara dividida en dos partes –la primera, Volumen 1, en septiembre de 2003; la segunda, Volumen 2, medio año después– a causa de su abultado metraje. Por entonces, es cierto muchos pensamos que esa división era adecuada porque, aunque las dos excelentes, ambas eran extremadamente distintas entre sí a nivel tonal: Volumen 1 era una avalancha de acción y violencia y una mezcla vibrante de estilos, mientras que Volumen 2 era más pausada, más triste, casi elegíaca.
Ahora, el estreno comercial de Kill Bill: The Whole Bloody Affair nos da la oportunidad de ver Kill Bill tal y como Tarantino la concibió originalmente y, de paso, comprobar qué equivocados estábamos. Las diferencias que el todo presenta respecto a la suma de sus partes son relativamente menores, casi imperceptibles a excepción de siete minutos añadidos a la secuencia de metraje anime que ya incluía Volumen 1, y que escenifican una masacre en un ascensor y una muerte acrobática en el hueco del mismo.

Conviene recordar que, de una pieza o por partes, Kill Bill no debería funcionar. Después de todo, oscila salvajemente entre tonos y acumula géneros dentro de géneros: las películas de kung-fu, la blaxploitation, el western –de la variedad spaghetti y de cualquier otra–, los relatos sobre la yakuza y los llamados “thrillers de venganza”, entre otros. Presenta tres líneas temporales, incontables docenas de referencias a otras películas y el citado segmento animado, e incluye primeros planos extremos, pantallas partidas, imágenes congeladas, cambios agresivos de enfoque y zooms vertiginosos.
Y, mientras rebota en ese caleidoscopio que es la memoria cinematográfica de su creador, se erige en una obra maestra indiscutible, en gran medida gracias a la emotividad y calidez que exuda a través de tanta virguería, y a la historia de amor genuino e inquebrantable que intercala entre los géiseres de sangre y las lluvias de miembros cercenados.
Homenaje al cine de serie B que Tarantino adora, Kill Bill es también un vehículo construido a la medida del talento de Uma Thurman, tan ajustado a él como el mono amarillo que la vemos vestir durante su periplo. A lo largo de la película, su personaje –Beatrix Kiddo, también conocida como La Novia, también conocida como Mamba Negra– es sucesivamente alumna aplicada, mujer embarazada que huye, asesina vengativa y mamá, y en el proceso la golpean y degradan, la tirotean y apuñalan, y la obligan a arrancar ojos con las manos y abrirse paso a puñetazos fuera de un ataúd enterrado bajo tierra.
Al final de su camino, es una figura casi mítica, y elevarla hasta esa altura fue en gran medida una empresa conjunta entre Tarantino y Thurman.
Al fin y al cabo, concibieron el proyecto mano a mano durante el rodaje de Pulp Fiction, una noche en la que el reparto y el equipo de rodaje de la película habían salido de copas, improvisando ideas sobre una asesina embarazada que es atacada en su boda, pierde a su bebé y emprende su vendetta. Tarantino se entusiasmó tanto con el concepto que esa misma velada, al llegar a casa, escribió nueve páginas del guion, pero tuvo que pasar casi una década antes de que Kill Bill finalmente se hiciera realidad.

Y luego pasó otra década y media más antes de que el brillo de esa crucial colaboración –símbolo de empoderamiento femenino casi tan rotundo como la obra resultante– se viera opacado cuando Thurman reveló no solo que el productor Harvey Weinstein, uno de los artífices de la marca Tarantino, la había atacado en una habitación de hotel a mediados de los 90, sino también que durante el rodaje de la película había sufrido un terrible accidente de coche a causa de la actitud tiránica y manipuladora del director, que le había provocado lesiones permanentes.
Hoy, Weinstein está en la cárcel, y Tarantino no se cansa de pedir perdón cada vez que tiene ocasión de hacerlo. Y aun así es inevitable –y necesario– que nuestra conciencia de aquellos hechos permanezca asociada a Kill Bill en cualquiera de sus formatos, complicando el legado de una de las sociedades artísticas más importantes de la historia del cine.
También te puede interesar:
- Lee o descarga el número de abril de BEST MOVIE.
- ‘Kill Bill’ tendrá una edición especial remasterizada en 4K por el el 20 aniversario
- Paul Dano tiene nuevo thriller tras su polémica con Tarantino: Todo sobre el proyecto y el enfrentamiento por el que Hollywood ha salido en defensa del actor
© REPRODUCCIÓN RESERVADA
