En su premiada ópera prima, La tarta del presidente, relata la aventura épica que una niña experimenta a través de un país en ruinas. En sus palabras y sin preguntas, Hasan Hadi nos cuenta su primera película.
Lo personal es político. La tarta del presidente no es autobiográfica, pero se inspira en mi infancia y la de mis amigos, en los recuerdos de la primera vez que nos encaprichamos de una chica en el colegio, nuestra primera mentira, cosas así. Pero, al mismo tiempo, también es una reflexión sobre esa época desde la adultez. Se trata de la primera película que retrata la vida en Irak en los años 90, y esa es una época que sigue teniendo un gran impacto en la vida de mi país. Las sanciones económicas impuestas en su día contra el régimen de Sadam Hussein destruyeron el tejido social y acabaron con la ética, e iniciaron un ciclo de corrupción y violencia que, mucho me temo, aún tardaremos unos 50 o 60 años en erradicar.

Los autócratas y sus cómplices. Recordar el Irak de los años 90 me sirve para criticar el autoritarismo de Sadam Husein y de las dictaduras en general, pero también para cuestionar el silencio y la inacción que la comunidad internacional mantuvo en esa época mientras contemplaba la carestía de comida y medicamentos que sufría la población iraquí. La película es relevante porque ese mismo silencio internacional está ocurriendo en la actualidad, en Gaza, en Ucrania, en muchos lugares de África. El silencio es esencial para la propagación del mal, y es por eso que los regímenes totalitarios son tan aficionados a encarcelar y asesinar a periodistas.
Una industria en pañales. Cuando hablamos de cine iraní, nos viene a la mente un tipo de sensibilidad artística muy concreto, y lo mismo sucede si hablamos de cine libanés o cine turco. Irak está en proceso de crear esa identidad, y la Cámara de Oro obtenida en el Festival de Cannes por La tarta del presidente supuso un paso de gigante en ese sentido, pero aún hay mucho por hacer. El Estado no ofrece ningún apoyo financiero a las películas, y es muy raro el año en el que pueden llegar a producirse una o dos películas en mi país; lo normal es que pasen hasta tres o cuatro años sin que se produzca ninguna. Durante décadas, el cine es algo que apenas ha existido en Irak. A causa de las sanciones impuestas sobre el país en su día, durante mucho tiempo estuvo prohibido también traer películas del extranjero por miedo a que Sadam Husein usara el componente químico del celuloide para fabricar armas químicas. Y el consumo de cine en general era algo ilegal. Yo me convertí en cinéfilo gracias a las cintas de VHS clandestinas que circulaban a mi alrededor. Veía todo cuanto caía en mis manos, ya fuera una película de Godzilla o un drama ruso de autor. Así que mi amor por el cine nació frente al diminuto televisor que compartíamos en mi familia. Cuando todos los demás se iban a dormir, era mío.
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