Charlamos con los creadores de ‘Poquita Fe’ del esperado regreso de la serie: “Cuando alguien nos decía que mostrábamos un espejo deformado de la realidad, yo pensaba: ¡No! ¡Miraos bien!”

Charlamos con los creadores de ‘Poquita Fe’ del esperado regreso de la serie: “Cuando alguien nos decía que mostrábamos un espejo deformado de la realidad, yo pensaba: ¡No! ¡Miraos bien!”

Poquita Fe

A Montero y a Maidagán hay que darles las gracias por las carcajadas. Por las mierdas de paloma y los chorretones de kebab, por los besos a la salida del curro, por el anciano perdido y por ese cuadro de Franco que, probablemente, se convirtió en el mejor, o en el más recordado, de los motivos para troncharse de risa hasta el ahogo en la primera temporada de Poquita fe. Estrenada en Movistar Plus+ en verano de 2023, la serie retrataba la cotidianidad más trivial de un matrimonio de cuarentones de vida más gris que el traje del hombre de la canción de Sabina.

Sosos hasta decir basta, pero también entrañables en sus atracones de comida china, en su incapacidad para afrontar las discusiones domésticas o en sus preferencias vacacionales (donde esté Almuñécar que se quite Tailandia), Berta y José Ramón combatían los vaivenes del día a día con una mezcla de ingenuidad y pereza, y se encaminaban sin remedio a una profunda crisis de pareja. Bajo la apariencia de lo pintoresco, de la singularidad, ambos, y también su entorno más cercano (la suegra hippy, la cuñada jeta, el vecino gañán, los suegros metomentodo, la amiga de vida disoluta), representaban, en realidad, a todo hijo de vecino.

“Cada vez que alguien me decía que mostrábamos un espejo deformado de la realidad, yo pensaba: ¡No! ¡Miraos bien!”, nos dice entre risas Pepón Montero, director y también cocreador junto a un Juan Maidagán que da la clave del tono de la propuesta: “Hay ideas que son absolutos disparates, pero luego bajan a tierra y se resuelven de una manera muy cotidiana”. Serie de auténtico culto, ahora vuelve en una segunda temporada que lleva a nuestra pareja de antihéroes a afrontar el problemón de la vivienda: cuando el propietario del piso en el que viven les echa de casa, Berta y José Ramón se mudan al chalet de los padres de ella.

Y si compartir comidas de fin de semana, o fiestas de guardar de las que se llevaban mantecados resecos, ya se acercaba a un suplicio, la convivencia puede acercarlos al infierno. De nuevo interpretados por unos divertidísimos (y algo marcianos) Raúl Cimas y Esperanza Pedreño, los protagonistas de Poquita fe siguen con sus cosas, igual que los espectadores seguirán con sus carcajadas.

Montero y Maidagán confiesan a Best Streaming que no ha sido fácil levantar los ocho capítulos de esta segunda entrega: “Volver a ella daba vértigo y sentíamos cierta presión por estar a la altura”, dice el primero. “Al escribir la temporada uno, ya llevábamos tiempo acumulando ideas, pero ahora, con las expectativas que hay, ¿por dónde le metes mano a esto?”, apunta el segundo. Curtido formando equipo en series como Cámera Café o Justo antes de Cristo, o en la película Los del túnel (2016), el dúo sabía del reto mayúsculo de escribir el chiste perfecto: “Cuando consigues una risa… nunca sabes cómo lo has hecho, no hay magia para eso”, razona Montero.

Pero, al mismo tiempo, también era consciente de la eficacia de una apuesta, ya ensayada y ganadora, por un formato tan peculiar: en episodios de unos 15 minutos, las viñetas cotidianas de los personajes se combinaban con entrevistas a cámara que, mezcladas como un insólito puzle, conformaban conversaciones sin filtro. Un prodigio de guion y de montaje en el que la eficacia del gag depende de detalles: “Hay que afinar muchísimo. A veces hay una escena que piensas que no tiene solución, y al final es una cuestión de 10 frames, de eso depende la gracia”, apunta Maidagán. “El guion tiene su música, y construir el chiste es casi un trabajo de orfebrería”, añade su socio.

Con aroma a los afilados retratos que Rafael Azcona escribía para Berlanga o Ferreri (“Sin pretenderlo, nos dimos cuenta que esta temporada tiene algo de El pisito, reconoce Pepón Montero), o de los tebeos de la época dorada de la editorial Bruguera (“Me acuerdo de Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón, en el que el cuñado les ocupaba el sofá”, ríe Juan Maidagán), Poquita fe era un proyecto ambicioso desde el inicio. “Era arriesgada, no teníamos red de seguridad porque no recuerda a nada, no se parece a nada, y además buscaba algo tan difícil como hacer reír de verdad, a carcajadas”, admite Montero.

Ambos confiesan que a la plataforma le costó dar luz verde, pero, en cualquier caso y de algún modo, el éxito de la serie demuestra que el coraje de huir de lo formulario puede tener una sabrosa recompensa. Y Montero y Maidagán disfrutan ahora del reconocimiento de un oficio al que, hasta no hace tanto, nadie prestaba demasiada atención. “Ahora ser guionista es un gusto. Recuerdo cuando pasaban de tu cara, había reuniones de casting o de arte, y ni te llamaban”, hace memoria Montero. “No tenía ningún sentido”, responde Maidagán. “Y ahora es una gozada. Y, además, que a la hora de escribir sepas que quien va a dirigir es Pepón, es una garantía, nadie le va a poner más cariño que él para que el guion llegue a buen puerto”.

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