Alex Brendemühl: “He elegido mucho en mi carrera no hacer cosas porque moral y éticamente no me definen”

Alex Brendemühl: “He elegido mucho en mi carrera no hacer cosas porque moral y éticamente no me definen”

Alex Brendemühl

Estrena Corredora y la etiqueta aparece sola, porque la suya es una trayectoria de corredor de fondo que le ha llevado a ser uno de nuestros actores más internacionales. Hablamos con él sobre salud mental y sabios de la tribu, sobre bagajes, paternidad y pelotazos.

Lleva tres décadas, y más de un centenar de interpretaciones, dejando huella en nuestro cine, pero también en el de media Europa. Ha rodado en catalán y en castellano, en inglés y en francés y, claro, en alemán; su apellido no engaña. Manteniendo un cierto perfil bajo pese a múltiples reconocimientos aquí y allá, y también una libertad y una coherencia insólitas en la industria audiovisual, Alex Brendemühl (Barcelona, 1972) es uno de nuestros actores más internacionales y respetados. “Hay compañeros y compañeras de profesión que me hablan con admiración y me dicen que tengo la carrera que les gustaría tener. Y eso me emociona mucho, es muy satisfactorio, porque da sentido a sufrimientos, parones, bajadas de trabajo o de propuestas, o a no poder elegir siempre la carrera que quería tener”, confiesa sin levantar la voz, pero con la certeza de haber desarrollado una trayectoria profesional incontestable.

Ha rodado para cineastas como Cesc Gay, Jaime Rosales, Rodrigo Sorogoyen, Isaki Lacuesta, Julio Medem, Nicole Garcia, Lucía Puenzo, Christian Petzold o Cédric Kahn. Y, últimamente, el azar y una cierta querencia por apoyar a nuevas voces le han llevado a trabajar con Elena Martín (Creatura), Javier Giner (Yo adicto), Ana Serret y Claudia Estrada (en las aún inéditas Apuntes para una ficción consentida y Salen las lobas), o Laura García Alonso, la directora de Corredora, que estrena el próximo 29 de mayo, tras su paso por el Festival de Málaga y en la que da vida al padre de una atleta —la debutante Alba Sáez— que, justo antes de la competición que puede llevarla a la élite, sufre un brote psicótico que la aparta de la pista.

Corredora nos hace penetrar en la frágil mente de una joven que vive entre carreras y cronómetros, y pone sobre la mesa el cada vez más presente asunto de la salud mental. “Me llegan últimamente proyectos de primeras o segundas películas de directoras con un discurso marcado, un compromiso y una voz muy propia, transgresora y contundente”, afirma.

¿Hay algo de compromiso casi político en participar en películas que hablan sobre la salud mental, el deseo femenino, las adicciones o la violencia sexual?

Es interesante, y no es casualidad, que lleguen historias tan potentes, sobre todo de mujeres con ganas de denunciar y explicar a su manera. Me llegan guiones con historias que despiertan mi curiosidad porque hablan de mí, o de personas y problemas que conozco, y que me parece necesario contar. Ya no importa si mi personaje es pequeño o grande. De alguna manera, ejerzo de apoyo para producciones así. Aporto veteranía, experiencia y no dejaré de hacerlo. Siempre he pensado que todo es política y todo es un punto de vista que queremos explorar, y transmitir con cada historia, y, sobre todo, con este tipo de pelis. Después está el entretenimiento, otro tipo de terapia necesaria que es la risa y la evasión, y la desconexión, y eso tampoco puede faltar.

Corredora ejemplifica cómo hemos pasado de una tradicional invisibilización de la salud mental a hablar de ella todo el tiempo. Y que lo hagan iconos del deporte como Simone Biles, Michael Phelps o Ronald Araújo es importantísimo.

Ahora se habla más abiertamente de cuadros clínicos concretos y de problemáticas que le pueden pasar a cualquiera. En el deporte de élite se empiezan a explicar los ataques de ansiedad, las bajadas de rendimiento, la imposibilidad de salir a un estadio y competir, ante lesiones que son invisibles, las más difíciles de diagnosticar y de curar. Por mucho que hablemos, nunca será suficiente, porque lo que hay en la cabeza es un universo que aún se nos escapa. Se trata de abrir puertas y ventanas a las enfermedades mentales, que todavía son tabú. Hay que estar siempre funcionando y parar no está bien visto, parece un signo de debilidad, de carencias, de limitaciones…

O de escaqueo.

También, cuando alguien se pide una baja en el trabajo por lo que sea, siempre hay quien lo critica con el argumento de que es un vago que no quiere ir a trabajar. Pero es que cuando no puedes, no puedes. A veces hay que parar máquinas. A nosotros también nos pasa. Recuerdo una vez que, tras rodar tres películas seguidas, dos de ellas particularmente estresantes, les dije a mis representantes que no podía asumir una cuarta. No iba a ser buen compañero, cada paso que daba se me hacía una montaña. Quizá deberíamos coger más el hábito de resetear la cabeza, el cuerpo, y ponerlo a cero y pedir parar cuando lo necesitas. Aunque muchas veces no podemos permitírnoslo, porque existe esa presión que aparece en la película: si ahora paro, vendrán otros que lo harán mejor que yo y desapareceré. La sensación de perder el tren nos angustia.

Cuando te ocurrió, ¿encontraste empatía hacia tu decisión?

Sí y no. Sí por parte de mis representantes, porque afectaba a la de Alemania y a la de Madrid, y ambas me apoyaron. Llegué a pensar que el prejuicio era mío, me sentía culpable de decir que no podía trabajar en aquel momento. Y no encontré empatía porque cancelamos un proyecto al que ya habíamos dado el visto bueno, y el director se lo tomó fatal. Pensaba que había otros motivos detrás. Le dije que si no lo entendía, motivo de más para no hacer esa película. Y perdí el proyecto, sí.

Con todo tu bagaje, al hacer una película como Corredora, con una directora debutante y una actriz protagonista con poca experiencia, ¿te sientes escuchado como el sabio de la tribu?

Sí, sí, empieza a ser un poco así. A veces ves cómo te escuchan y esperan que digas algo coherente. Y disimulo porque no tengo ni idea de nada [ríe]. Es que siempre tengo la impresión de estar aprendiendo. Este año me fui a Argelia a dar unos cursos de interpretación y ha sido una de las experiencias más chulas de los últimos años. Darme cuenta de ese bagaje, de poder comunicarlo y compartirlo, y transmitirlo a gente joven que empieza, me hace crecer y aprender también por qué me dedico a lo que me dedico y cómo lo hago. Vas a la esencia, a la carcasa de tu código profesional. A la técnica que tienes, a cómo te comportas en esta profesión, a qué valores das importancia… No se trata sólo de talento o experiencia, también de saber estar, de comportarte en situaciones de conflicto, o de poner límites cuando te presionan para hacer cosas que no quieres hacer o no crees necesarias ni para el proyecto ni para tu vida.

Continuando con el bagaje, el tuyo habla de una carrera sólida, constante, casi insobornable… Quién lo hubiera dicho en tus inicios, cuando nos encontramos, con cierta timidez, en una primera entrevista sentados en el banco de un parque.

Es verdad [risas]. Cuando hice Un banco en el parque sí era tímido, pero también un poco altivo, con una ambición extraña que no reconoces, o no te permites. Tienes toda la carrera por delante, y empiezan a pasarte cosas, y sí que había algo de prepotencia. Yo pensaba que me merecía que me llegara lo bueno, y que tarde o temprano me llegaría. Ahora tengo la impresión de haber acumulado experiencias y de acabar formando parte del paisaje audiovisual de este país. Y de otros países, porque he trabajado mucho fuera. Y es verdad que he elegido mucho en mi carrera, en el sentido de preferir no hacer cosas que no entendía o no podía defender, porque ni moral ni éticamente me definen, o porque no sabía cómo confrontar a ese personaje. Nunca he cruzado determinadas líneas rojas, y creo que ese ha sido el secreto de tener una carrera que muchos me dicen que es muy coherente. A veces también me gustaría pasarme un poco por el forro esa coherencia [risas].

Antes hablabas de evasión y desconexión. ¿Hablamos del pelotazo de Reina Roja?

Justo estamos terminando la tercera temporada. A veces está muy bien participar en un fenómeno de masas así estando acostumbrado a proyectos más minoritarios. Es interesante ver desde dentro un producto como ese y convertirte en un personaje icónico. Porque, de repente, por la calle te dicen: “¡Hostia, eres el Mentor!”. Esta es una carrera muy absurda, nunca sabes qué impactará en la gente. Me acuerdo que, hace unos años, hice un anuncio de una cerveza sin alcohol. Era un momento en el que estaba trabajando mucho, haciendo cine, yendo a festivales, ganando premios, y la gente me paraba por el anuncio de cerveza [risas]. Pero hemos venido a jugar y el show business puro y duro también es divertido.

Volviendo a Corredora y ampliándolo a otros proyectos como Creatura, ¿interpretar al padre de las protagonistas provoca, en algún sentido, un aprendizaje como padre en la vida real?

Es verdad que hay un diálogo entre la vida y la ficción. A veces aprendes cosas sobre ti de las que no te habías dado cuenta, que no sabías. Y al revés, también aportas elementos de tu vida a los personajes, evidentemente. Cuando hice Creatura y Elena Martín me explicó la trama, me di cuenta de que había cosas que me ocurrían con mis hijas. De repente te encuentras diciéndole a una de ellas que hoy no saldrá. ¿Por qué? Porque no quiero. Te faltan argumentos, ves que hay algo que no sabes explicar, o cómo explicar. Y está muy bien darte cuenta de ello, aceptarlo y asumirlo. Son aprendizajes de este tipo de películas, abrazas la incertidumbre, el ser un novato en la vida. Te encuentras con situaciones nuevas y con desafíos: a veces los sorteas con elegancia, y a veces la cagas completamente. Y sabes que la estás cagando, coartando la libertad o los deseos de tus hijas o de tu hijo, y no sabes muy bien por qué tienes un determinado prejuicio que viene de un lugar que tampoco conoces. Al final, al elegir proyectos en los que trabajar, te atraen ciertas tramas porque hablan de ti y de cosas que has vivido o estás viviendo. Y hay personajes que se convierten en una especie de autobiografía. Siempre he pensado que muchos de ellos son heterónimos o extensiones de mí mismo. Aportas cosas de tu experiencia y sentido común, y les das cuerpo con tu bagaje personal.

Tanto hablar de Corredora y podríamos decir que tu carrera es la de un corredor de fondo.

Exacto. Sí, sí. Me gusta mucho esa definición. Es una buena manera de enfrentarse a una carrera. Necesitas resuello para aguantar los últimos kilómetros, porque los sprints se pagan caros [risas].

También te puede interesar:

© REPRODUCCIÓN RESERVADA