Crítica ‘28 años después: El templo de los huesos’: Apocalipsis y falsos gurús

Crítica ‘28 años después: El templo de los huesos’: Apocalipsis y falsos gurús

28 años después: El templo de los huesos

Nia DaCosta toma el relevo de Danny Boyle y revitaliza la saga 28 años después con un estilo más sobrio y enérgico, donde la violencia y la diversión se equilibran con crítica social.

★★★

Cuando apenas han pasado siete meses del estreno en cines de 28 años después, tercera entrega de la franquicia de horror británica iniciada en un ya lejano 2003 –y que, desde el estreno de su segunda parte en 2007, había permanecido nada menos que dieciocho años hibernando–, llega a las salas un nuevo episodio ambientado en este mundo posapocalíptico devastado por una pandemia zombi en el que, en consonancia con el canon asentado por George A. Romero, los propios seres humanos han terminado por ser la auténtica amenaza. Si bien en el guion repite Alex Garland, autor de la primera y tercera entregas, Danny Boyle –que rodó la película original con una MiniDV y la más reciente con un iPhone 15– cede esta vez el relevo en la dirección a la joven Nia DaCosta (Candyman, 2019; The Marvels, 2023). Es, precisamente, en este cambio de mando donde se halla, para el que escribe, el principal motivo de que esta cuarta parte funcione tan bien: haciendo a un lado el formalismo hipervitaminado del director de Trainspotting (1995) –en algunas ocasiones, brillante; en otras cuantas, indigerible–, DaCosta opta aquí por una mayor sencillez en el diseño de la puesta en escena, confeccionando un entramado visual más sobrio que desborda energía sin necesidad de apostarlo todo al artificio machacón. De mayor ligereza en el tono al tiempo que más explícita en el tratamiento de la violencia –por momentos, DaCosta roza peligrosamente el torture porn–, la película, siempre divertidísima –maravillosos Ralph Fiennes y Jack O’Connell–, plantea una serie de conflictos que, más allá de la distopía, resultan fácilmente reconocibles en nuestro mundo de hoy. El auge de los populismos, las creencias radicales y el negacionismo protagonizan un relato en cuyo corazón está, además del eterno conflicto entre ciencia y fe, la ambición desaforada de ciertos falsos gurús que, embriagados de narcisismo, aspiran a convertirse en reyes del mundo. El que quiera entender que entienda.

© REPRODUCCIÓN RESERVADA