Crítica ‘A nuestros amigos’: Hipnótico y certero retrato de la juventud

A nuestros amigos

★★★★

“Volver a esos momentos, a los finales” para poder celebrarlos mejor, para ser conscientes de que ocurren, para disfrutarlos más. Esa es una de las reflexiones en voz en off que le escuchamos a Sara, la protagonista de A nuestros amigos, nuevo largometraje de Adrián Orr (Niñato, 2018) que nos lleva por un hipnótico y nostálgico baile entre la ficción y el documental.

Los personajes de A nuestros amigos no son reales y lo son. Orr empezó a grabar a Sara (la actriz Sara Toledo) en 2019, después de conocerla en la compañía teatral La Tristura, la fue siguiendo y a partir de ellas y sus diversos círculos de amistad construyeron todas estas historias y realidades que no lo son, pero lo son porque el resultado es uno de los mejores y más magnéticos retratos de ese momento exacto del paso a la edad adulta: ese verano en el que se acaba el instituto y se abre un mundo entero de posibilidades para algunos porque, para otros, quizá no hay más que una opción.

Precisamente a ese último verano, el del final del instituto, es al que Sara quiere volver en la reflexión inicial del filme, se oye su voz sobre una pantalla negra. Una reflexión melancólica sobre todo lo que se puede ser, lo que se quiere ser, pero que aún cuesta mucho ni siquiera imaginar cómo llegar a serlo. Sara no se quiere conformar con lo que tiene delante, no está segura de lo que quiere y justo ese verano entra en contacto con un grupo teatral que le abre los ojos a un mundo distinto a través del que va dejando atrás el mundo que siempre había conocido y disfrutado, el de sus colegas de barrio, de clase obrera, de la calle, de aquellos que, en principio, sí se conforman y agarran a lo que tienen porque aspirar a otra cosa no es siquiera una opción.

Orr atraviesa con mirada de clase este retrato en el que acompañamos a Sara por sus últimos exámenes, las primeras clases de universidad, los ensayos de teatro, conciertos, baños, noches fuera, una novia, peleas con amigos…

En 90 minutos condensa, con una energía que te va atrapando y ganando, todo aquello que significa saltar a los 20 y sentirte o querer sentirte adulto, querer ser relevante o no quererlo, querer, sobre todo, que no te juzguen por lo que decidas por ahora, porque aún hay tiempo por delante.

El tiempo, es, de hecho, uno de los corazones de A nuestros amigos. Rodada a lo largo de cuatro años, el paso del tiempo lo vemos físicamente en sus protagonistas y hasta en sus miradas, en cómo hablan, en cómo han cambiado sus vidas y sus planes de vida, cómo la realidad va alcanzándoles, aprender a gestionar de pronto ese paso del tiempo, porque todo pasa cada vez más deprisa y cómo la memoria empieza a ser esa bonita y a la vez triste compañera que te hace desear volver atrás, aunque ese atrás esté aún cerca.

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