Crítica de ‘Auri’: Atreverse a vivir

Crítica de ‘Auri’: Atreverse a vivir

Auri

En Auri, la jubilación se convierte en el detonante de una íntima y agridulce revolución contra los sueños postergados.

★★★

Con un muy afinado guion de Samuel Picazo –sutil, atento a los detalles y siempre empático con sus personajes–, la cineasta Violeta Salama firma en Auri, su segunda película, una agridulce exploración del peso que, en el último tramo de la vida, pueden llegar a adquirir las aspiraciones frustradas y los deseos eternamente postergados. La historia sigue a Auri (Cristina Marcos), una mujer de 65 años que, tras décadas dedicada al cuidado de su familia, decide empezar a vivir para sí misma una vez se jubila y comienza a cobrar la pensión. Su revolución interior pronto resonará en su marido (Karra Elejalde), quien, también jubilado, vive con la ilusión de que su nieto logre convertirse en un gran futbolista, y en su hijo (Marco Cáceres), que se enfrenta en el día a día con la amarga sensación de haber perdido el rumbo de la vida y ser incapaz de encontrar la brújula. Fantásticamente interpretada, la película huye de todo maniqueísmo –sus personajes, lejos de ser unidimensionales, resultan sumamente ricos en matices– y logra erigirse, encontrando un complicado equilibrio entre ligereza y sobriedad, como una tan hilarante como melancólica aproximación intergeneracional a la cotidianeidad de la vida en un barrio salpicada por algunas gotas de realismo mágico.

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