Un sobrio retrato del golpe de estado chileno articulado desde la conciencia de un hombre atrapado entre la obediencia y la democracia.
★★★
Santiago de Chile. Septiembre de 1973. Tras tres años de creciente polarización política, el gobierno democrático de Salvador Allende es derrocado por un golpe de Estado que encabeza Augusto Pinochet. La dictadura militar que se implantaría entonces iba a prolongarse nada menos que 17 años, hasta marzo de 1990. Hace apenas dos meses, a comienzos de marzo de 2026, José Antonio Kast, políticamente cercano a la derecha chilena que históricamente fue favorable al régimen militar, alcanzó la presidencia del país. La primera película como director del chileno Juan Pablo Sallato –un film que llega, dado el contexto actual chileno, en un momento más que idóneo– retrata, en un seco y austero blanco y negro y sin resortes efectistas, aquel momento de quiebre de la esperanza reformista. Lo hace –y he aquí su principal acierto– a través del exclusivo punto de vista de un hombre: el capitán Jorge Silva, exjefe de Inteligencia de la Fuerza Aérea. El cineasta, que limita la acción a unas pocas horas y a escasas localizaciones, pega, casi de principio a fin, la cámara al rostro y la espalda de su personaje principal, quien, firme defensor de la obediencia que implica el oficio militar, se verá enfrentado a un dilema moral: continuar sometiéndose a las normas o defender el ideal democrático. «Tarde o temprano, uno tiene que tomar partido si quiere seguir siendo humano» decía Mr. Heng en la novela El americano impasible, de Graham Greene. El resto es historia.
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