Crítica de ‘La habitación de Mariana’: El terrible relato de un encierro

Crítica de ‘La habitación de Mariana’: El terrible relato de un encierro

La habitación de Mariana

Un claustrofóbico e íntimo relato de supervivencia donde Emmanuel Finkiel convierte el encierro de un niño en el corazón perceptivo de la memoria y la violencia.

★★★

Emmanuel Finkiel regresa en La habitación de Mariana a un territorio ya habitual en su cine —el de la memoria herida y sus reverberaciones íntimas— para adaptar la novela de Aharon Appelfeld en un relato de supervivencia radicalmente ceñido a la percepción de un niño obligado a perder toda inocencia. Hugo, de doce años, es ocultado en la Czernowitz ocupada de 1942 en el armario de la habitación de Mariana (portentosa Mélanie Thierry), una amiga de su madre que ejerce la prostitución en un burdel frecuentado por soldados alemanes. Desde ese espacio mínimo, casi abstracto, el niño recompone el mundo a través de los retazos de vida que le llegan; un dispositivo de encierro sostenido en el fuera de campo en el que, puntualmente, se introducen breves irrupciones de memoria —destellos de un antes de la guerra— que funcionan, para Hugo, como frágiles refugios ante un mundo convertido en pesadilla. Frente a ellos, el burdel aparece como el reverso brutal del hogar, un espacio en el que la violencia sexual forma parte de lo cotidiano. De puesta en escena cruda y rigurosamente austera, la película sitúa en su núcleo emocional la relación de Mariana y Hugo, dos víctimas del horror cuya creciente amistad, trenzada en la dependencia y la precaria ternura, acabará por erigirse en una poderosa forma de resistencia afectiva en el marco de un entorno devastado.

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