Crítica de ‘La momia de Lee Cronin’: Horrores de la vieja escuela

Crítica de ‘La momia de Lee Cronin’: Horrores de la vieja escuela

La momia de Lee Cronin

Lee Cronin revisita The Mummy desde una lógica del exceso y la materia, donde el horror se vuelve eminentemente físico.

★★★★

Tras firmar la delirante y muy gozosa Posesión infernal: El despertar (2023), Lee Cronin apuesta en su tercer largo por una libre reimaginación del clásico de la Universal The Mummy. Pese a situarse, a priori, en un territorio tan distinto al de su anterior proyecto, el cineasta irlandés no hace sino incidir en los mismos tropos que vertebraban aquel: la posesión como corrupción irreversible, la perversión de los vínculos familiares y una sostenida deriva hacia el festín gore más grotesco. El resultado es un artefacto genérico mutante que transita, sin solución de continuidad, entre el terror sobrenatural, el thriller procedimental, el body horror, la comedia negra y el drama familiar. Es en este último terreno, debido a lo pobremente abocetados que están sus personajes, donde la película nunca termina de hacer pie. A cambio —y pese a tornarse por momentos rutinaria cuando abraza el susto fácil tan propio de la factoría Blumhouse—, Cronin entrega un film deliciosamente físico, de textura terrosa y cruda e imágenes abigarradas, fotografiado exquisitamente con lentes anamórficas; una película, en fin, muy alejada en términos visuales del común denominador del terror comercial contemporáneo. La momia de Lee Cronin es excesiva, algo renqueante, y, dada su voluntad de ser tantas cosas a la vez, inevitablemente irregular; también, qué duda cabe, una obra con clara voluntad de estilo que logra (casi siempre) esquivar la pura fórmula para, rindiendo pleitesía a la vieja escuela del horror artesanal, entregar momentos francamente escalofriantes.

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