No hace mucho fueron Bob Dylan, Elvis Presley, Freddy Mercury, Amy Winehouse, Bruce Springsteen, Elton John, Robbie Williams… Ahora, en el marco de esta nueva hornada de biopics musicales (de resultados muy dispares, según el caso), le toca el turno a Michael Jackson. Bajo la dirección de Antoine Fuqua y con Jaafar Jackson (el que fuera sobrino, en la vida real, del cantante) en el papel protagonista, Michael es un drama biográfico tan bien armado y estéticamente resultón como convencional y modosito; un film más bien hagiográfico y de hechuras ortodoxas que, dadas las oscuras polémicas que rodearon la vida del llamado Rey del Pop a partir de los noventa, decide poner el punto y final antes de tiempo: cuando el artista publicó, en el año 1987, su disco Bad. La película, rodada y montada con oficio, posee un puñado de momentos electrizantes (en especial, la secuencia de montaje que desemboca en el rodaje del videoclip de Thriller) y otros tantos ramplones y edulcorados de más (aquellas escenas que Michael comparte con su madre, en las que unos diálogos un tanto sobreescritos y la partitura de Lior Rosner fuerzan en exceso la emoción). Se trata, en última instancia (y es aquí donde le falta mordiente, al obviar la segunda mitad de la trayectoria del cantante), de un relato sobre el proceso de construcción de un ídolo: Michael es la historia de un niño educado desde la cuna en una visión dicotómica del mundo («solo existen triunfadores y perdedores») que terminó envenenado por el demonio de la fama. Producto de un padre perfeccionista y maltratador obsesionado por el éxito de sus hijos, el talentoso Michael Jackson, el pequeño de nueve hermanos, terminaría logrando romper las cadenas familiares para, al fin libre, desarrollar su propia carrera y alcanzar su gran meta: convertirse en un absoluto genio del Pop. ¿O ese era, en realidad, el sueño de su padre?
© REPRODUCCIÓN RESERVADACrítica de ‘Michael’: Cómo convertirse en leyenda

