Crítica de ‘Scarlet’: El final de la violencia

Crítica de ‘Scarlet’: El final de la violencia

Crítica de la película 'Scarlet', el nuevo trabajo del laureado animador japonés Mamoru Hosoda, que llega el 27 de febrero a los cines.

★★★½

Una princesa medieval, de nombre Scarlet, busca vengar la muerte de su padre, el rey; un hombre honesto y bondadoso asesinado a traición por su diabólico hermano. Tras ser envenenada por éste, Scarlet va a parar  a un lugar llamado “Otromundo”, una suerte de limbo en el que pasado y presente se entrelazan y confunden. Allí conocerá a un joven enfermero, habitante del Japón contemporáneo, que se prestará a acompañarla en su camino, ayudándola a sanar e intentar vislumbrar un futuro sin odio. El laureado cineasta japonés Mamoru Hosoda (La chica que saltaba a través del tiempo, 2006; El niño y la bestia, 2015) entrega en este, su esperado nuevo largo, una sobrecogedora historia de venganza que, pese a no apartarse del canon estructural del “viaje del héroe”, derrocha inventiva en cada una de sus decisiones formales. La película, portentosa en su estilizado tratamiento del etéreo universo en que tiene lugar la historia, funciona en todo momento por contrastes. Lo hace por el lado del entramado visual, a medio camino entre un puntilloso realismo y un barroquismo desatado, entre el 3D hiperrealista de los fondos y el 2D de los personajes, que, al tiempo, fluctúan entre el anime tradicional y la animación rudimentaria, por momentos «abocetada». Un juego contrapuntístico que está también presente en el imaginario simbólico de la película (luz celestial frente a infierno carmesí) y en su propio tono, entre ingenuo y feroz, donde el cine épico convive con una delicada sensibilidad intimista. En esa fricción constante entre lo luminoso y lo abisal encuentra su vibración más honda una película que, en tiempos tan cruentos como estos que corren, aspira a recordarnos que la única revancha posible contra la barbarie consiste en fundar la paz.

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