Un juguetón cruce de géneros tan irregular como ingenioso que celebra los excesos de la serie B más grotesca.
★★★½
Guionista de títulos clave del cine comercial moderno como, entre muchos otros, Parque Jurásico, Misión Imposible o Spiderman, el reputado escritor David Koepp adapta su propia novela en Turno de noche, un artefacto genérico tan consciente de sus referentes como entregado al exceso más lúdico. Con el cineasta Johnny Campbell a la dirección, la película sitúa su acción en un anodino complejo de almacenamiento construido sobre una antigua base militar, donde dos vigilantes nocturnos —un exconvicto impulsivo y una estudiante de veterinaria de carácter metódico— descubren la existencia de un hongo de origen extraterrestre sellado décadas atrás por el gobierno estadounidense. Cuando el organismo escapa y comienza a propagarse, lo microscópicono no tarda en convertirse en amenaza global. Partiendo de aquí, la película transita con desparpajo entre el body horror, el thriller contrarreloj y la comedia romántica. En ese cruce, donde resuenan tanto la fisicidad amenazante de La cosa y La invasión de los ultracuerpos como el desenfado juguetón de Temblores o Men in Black, Campbell articula una puesta en escena que abraza siempre el artificio, el gag grotesco y la imaginería pulp. La relación entre Teacake y Naomi, sus protagonistas (Joe Keery y Georgina Campbell), sostenida en el choque de temperamentos y en un ingenio verbal de corte clásico, introduce una inesperada dimensión afectiva que equilibra, aunque no siempre con éxito, la deriva de la película hacia el exceso. Aunque irregular en su desarrollo y por momentos rehén de su propia acumulación de estímulos, Turno de noche acaba encontrando, en su desvergüenza tonal y su reivindicación del imaginario de serie B, la principal de sus virtudes.
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