La película de Marianne Elliott transforma la travesía de una pareja sin hogar en un relato de esperanza y ternura, aunque su excesivo dramatismo y su tono grandilocuente limitan su impacto.
★★
Basada en el libro de memorias homónimo de Raynor Winn, El sendero de la sal relata el viaje de una pareja de mediana edad que, tras perder su casa y quedase en la calle, emprende de forma impulsiva una larga travesía de 630 millas por la costa suroeste inglesa, ensombrecida por una enfermedad neurodegenerativa terminal. La multipremiada directora y productora británica de teatro Marianne Elliot debuta en el cine con una insulsa película de buenas intenciones que, aspirando a resultar reconfortante, acaba por pecar de empalagosa. Culpa de ello tienen la grandilocuencia de su tono, la poca sutileza de un guion predecible y tendente al subrayado —tosco uso del flashback inclusive— y una convencional puesta en escena vaciada de todo misterio formal. Sus excesos dramáticos y su visión domesticada del hippismo se ven, aun con todo, compensados por las dos interpretaciones principales —Gillian Anderson y Jason Isaacs, cuya química sí logra, por momentos, despertar nuestra ternura— y por su explícita voluntad de resultar esperanzadora, apostando, en tiempos como estos que corren, tan necesitados de luz, por la resiliencia y el apoyo mutuo como tablas de salvación.
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