Agnieszka Holland intenta capturar en pantalla la compleja vida de Franz Kafka, pero su enfoque formalista y abstracto termina diluyendo la intensidad del mundo interior del escritor.
★★
La cineasta polaca Agnieszka Holland (Copying Beethoven, 2006; Green Border, 2023) afronta en su nuevo largometraje la difícil tarea de trasladar a la pantalla la biografía de Franz Kafka, uno de los narradores fundamentales de la literatura moderna del siglo XX. Recogiendo los acontecimientos clave de la vida del autor hasta su fallecimiento a los 40 años a causa de la tuberculosis, la película abraza desde sus primeros compases la expresividad formal en un intento de sortear el mero ejercicio historicista y hagiográfico; sin embargo, su pretendida apuesta por la abstracción acaba por resultar más cargante (por inane) que efectiva y reveladora. Así, pese a su estructura fragmentada, su hibridación de realidad y ensoñación y su acumulación de recursos visuales expresivos (flashbacks y flashforwards, rupturas de la cuarta pared, alternancia entre color y blanco y negro, y un largo etcétera), la película de Holland nunca logra despegarse del puro y duro academicismo, no consiguiendo introducirse en ningún momento –esto habría sido lo interesante– en la mente de su protagonista, origen de un universo literario regido por lógicas incomprensibles, deformado espejo de la angustia existencial derivada de los mecanismos opacos y deshumanizantes de un mundo moderno sumido en el absurdo.
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