Entre el neón y la precariedad, Shih-Ching Tsou retrata la fragilidad de la unidad familiar en una Taipei hostil, observada desde la luminosa y desarmante mirada de la infancia.
★★★½
Una mujer que cría sola a sus dos hijas regresa a Taipei tras pasar varios años en una zona rural. Su objetivo es montar un puesto en un animado mercado nocturno para tratar de sacar adelante a las niñas. En medio del ritmo acelerado de la ciudad, las tres deberán aprender a adaptarse a su nueva vida, luchar por su sustento y esforzarse por no romper los lazos que las mantienen unidas como familia. La cineasta taiwanesa Shih-Ching Tsou se alía de nuevo con Sean Baker —veintidós años después de haber codirigido Take Out— para narrar, con un iPhone como soporte de filmación, un crudo drama realista sobre la fragilidad de la unidad familiar, la infancia como refugio y la impostura como estrategia de supervivencia. La impronta de Baker, que ejerce aquí como guionista y montador, se percibe tanto en la forma como en el fondo del film: su cámara flotante, los colores saturados, su estética deliberadamente precaria y el retrato libre de condescendencia de personajes invisibilizados y sumidos en la precariedad remiten inevitablemente a títulos como The Florida Project o Tangerine. En el corazón de la película —que posee momentos de gran sordidez pero, en última instancia, resulta profundamente humanista— habita una chiquilla aventurera y risueña que se erige, sin duda, en su gran protagonista. Desde su punto de vista nos sitúa desde el inicio esta obra bella y triste, cuya dulce ligereza tonal pone en evidencia la constante e insalvable fricción entre la honestidad de la mirada infantil y el entorno amenazante y hostil de la gran urbe.
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