Crítica ‘Las líneas discontinuas’: El azar y sus espejos

Crítica ‘Las líneas discontinuas’: El azar y sus espejos

Crítica de 'Las líneas discontinuas', el segundo largometraje de la cineasta gallega Anxos Fazáns que llega este 20 de febrero a los cines.

★★★

El azar —un ladrón dormido en su salón el mismo día en que Bea, una mujer de mediana edad, debe abandonar su casa tras divorciarse— sirve a Anxos Fazáns como punto de partida para construir este íntimo relato sobre dos soledades en suspenso. En Las líneas discontinuas, su segundo largo, la directora gallega se aleja de la desgarradora melancolía de su ópera prima, A estación violenta, para, apostando por una puesta en escena mínima y vaciada de manierismos —pocos espacios, planificación sobria, atención absoluta a los rostros—, privilegiar la cercanía emocional y el retrato de personajes. El encuentro entre Bea, mujer de cincuenta años expulsada simbólicamente de su hogar y de una industria musical que ya no la llama, y Denís, un joven músico trans desorientado, funciona como un juego de espejos donde edad y experiencia se confrontan hasta encontrar un inesperado equilibrio. La propia Fazáns contaba en una entrevista que en su película confluyen los ecos de otros “breves encuentros” como Compartimento Nº6 (Juho Kuosmanen, 2021), Una jornada particular (Ettore Scola, 1977) o la propia Breve encuentro (David Lean, 1945): cruces fortuitos entre dos almas que alteran por completo sus destinos. La película, contenida en sus formas y nada amiga de aspavientos formales, observa la crisis y la identidad desde una ternura alejada de toda complacencia, dando muestra de cómo a veces un cruce fortuito puede ser suficiente para quebrar la inercia y otorgarle un nuevo sentido a nuestro mundo.

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