Crítica ‘Turno de guardia’: El desgaste de los cuidados

Crítica ‘Turno de guardia’: El desgaste de los cuidados

Crítica del drama suizo 'Turno de guardia': tensión, ética y humanidad en la experiencia del cuidado hospitalario.

Un turno de hospital se convierte en un viaje angustioso y revelador sobre la entrega, el agotamiento y la responsabilidad moral de quienes cuidan de la vida ajena.

★★★½

En su ensayo El cine, ¿puede hacernos mejores? (Editorial Katz, 2008), el filósofo Stanley Cavell plantea que las películas, al convertir en relato y trasladar a la pantalla conflictos humanos reconocibles, favorecen la empatía y nos invitan a dialogar honestamente con nuestro propio yo, poseyendo, por ello, un enorme potencial para influir en nuestra vida moral y en nuestra manera de comprender el mundo. Una vez visto el drama suizo Turno de guardia, la respuesta a la pregunta que Cavell plantea en el título de su libro no puede ser más que afirmativa. Con guion y dirección de Petra Biondina Volpe (El origen divino, 2017), el film sigue los pasos de una joven enfermera, de nombre Floria –espectacular Leonie Benesch, durante un único turno de guardia en el hospital. Angustiosa en su thrilleresca aproximación al horror del estrés laboral, Turno de guardia pone de relieve el desgaste físico y emocional del que son víctimas los trabajadores del sector sanitario; un modo de vida que, desbordando las competencias puramente técnicas, se adentra en un territorio profundamente humano donde el respeto, la escucha, la templanza y la capacidad de proveer aliento se revelan herramientas tan decisivas como cualquier procedimiento médico. La tensión aquí no emerge mediante artificios audiovisuales, sino a través de la dinámica interna del plano, de los acontecimientos que se despliegan en su interior: la directora prescinde de la inestabilidad del encuadre y del montaje hiperfragmentado –recursos tan habituales en este tipo de relatos a contrarreloj que aspiran a robar el aliento al espectador– para seguir a su actriz con una cámara flotante que, suave y mesurada, se desplaza junto a ella por los pasillos y las habitaciones del hospital. Dos elementos perjudican a una película que, por lo demás, se antoja modélica: un ligero maniqueísmo en la construcción de los secundarios –personajes tipo de escasa dimensionalidad– y una cierta afectación melodramática, especialmente en un tramo final de un exhibicionismo emocional alarmante –canción Hope There’s Someone inclusive– que, sin duda, habría necesitado de una mayor contención. Con todo, cualquiera que asista al desasosegante periplo que propone Turno de guardia se lo pensará dos veces antes de, en un futuro, tener una mala palabra con un profesional sanitario. Por supuesto que el cine puede hacernos mejores.

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