El director chileno Diego Céspedes debuta con ‘La misteriosa mirada del flamenco’ (estreno en cines 16 de enero), nominada al Goya a mejor película iberoamericana, ganadora de Una cierta mirada en el pasado Festival de Cannes. Una luminosa y original mirada al pasado para “construir un mejor presente”.
Cuando Diego Céspedes era niño, sus padres regentaban una peluquería que quedó diezmada a causa del sida. Aunque por su edad no fue consciente de los estragos de la enfermedad, al director chileno sí le afectó la angustia materna, que había visto morir una a una a las trabajadoras sexuales trans que la frecuentaban. Ese terror se reforzó con el visionado en casa de la telenovela El circo de las Montini, donde un personaje contraía VIH. Con el tiempo, el cineasta fue abriendo los ojos a la ignorancia ligada a la pandemia, a la losa religiosa e incluso a la solidaridad entre las afectadas. Para su debut en el largometraje, La misteriosa mirada del flamenco, transpone su mirada a una preadolescente adoptada por un colectivo queer en una comunidad minera de los años 80. Su recuerdo luminoso le hizo ganador de la sección Una cierta mirada en Cannes y de dos premios en San Sebastián, el Sebastiane Latino y el Dama de la Juventud.
Los títulos de tus proyectos llaman mucho la atención: El verano del león eléctrico, Las criaturas que se derriten bajo el sol y ahora, La misteriosa mirada del flamenco. ¿Los piensas antes de rodar o una vez sabes qué aspecto tienen?
Me encantan los títulos y que contengan más de lo necesario. Al final son parte de la película. Los pienso al principio. Los resúmenes en pocas palabras me parecen muy gringos, muy industriales. ¿Por qué no pueden ser largos? Me gustan así.
¿A qué se debe el componente animal en los títulos?
A una animalidad y a un elemento cultural propiamente chileno. Mi país está aislado geográficamente y lo estuvo mucho más antes de la llegada de la tecnología. Así que tiene la particularidad de ser muy colonial: hay mucho de esta mezcla española de hace 500 años y la presencia indígena es más habitual que en el resto de la región. De ahí que haya un peso fuerte de lo rural. Mantenemos un cariño real con los animales, más allá del perro y el gato. Está presente incluso en la capital. De hecho, los nombres de animales nos sirven para referirnos a cosas. En el caso del león significaba fortaleza y poder, pero también peligro.
¿Cuál sería el significado en este caso del flamenco?
Me parece un animal precioso, ligado a la comunidad LGBT. Es muy elegante y lo podía vincular a las piernas de la protagonista. Como es común en el norte de Chile, me resultó muy natural darle un poco más de significado para contar la historia de forma más poética.

Otro elemento coincidente entre tus dos cortos y tu debut en el largometraje es que son coming of age. ¿El uso de ese género tiene que ver con tu propia juventud?
Hay algo lindo en la pureza de los adolescentes y los niños. Me llama mucho la atención. En contraste, me decepciona la adultez, porque te hacen elegir entre ceder a todos los prejuicios o morir en el intento. Estoy muy cansado de que la sociedad actual nos empuje hacia eso, sobre todo en el mundo de la red social. La infancia te hace ver la materia prima de los sentimientos más que el significado que se construye cuando adulto. Por eso siempre giro alrededor de eso y cuento las historias desde ese punto de vista.
No obstante, esta película además de iniciática, también contiene western, realismo mágico y drama. ¿Cómo has hecho para equilibrar géneros y tonos?
Es igual que cuando se pinta un cuadro. Uno va detalle a detalle, poniendo un poco de este color, sacando, cambiando y equilibrando todo para que al final dé como resultado este sentimiento hermosamente monstruoso que quieres contar. Aquí hay una escena en particular que se planteó como western y lo potenciamos en la composición, pero también hay algo del inconsciente colectivo: cuando la gente ve grupos enfrentados, armas y desierto los liga a este género.
Tu película coincidió en Cannes con las de Julia Ducournau, Alpha, y la de Carla Simón, Romería, todas ellas en torno a la eclosión del sida. ¿Por qué crees que hay una nueva generación de cineastas que está prestando atención a la pandemia anterior al covid?
En el caso de Carla es un hecho biográfico que la marcó y ha tratado en todas sus películas. En el mío es de tipo más contextual. Mi reflexión es que estamos viviendo un regreso de la ultraderecha y el fascismo, y, a estas alturas, el odio que traen ya no es una promesa oscura del futuro, sino el presente. Con palabras distintas, con enfermedades distintas, estamos viviendo lo mismo: la repercusión sobre las minorías está siendo parecida. De forma inconsciente estamos recordando el horror que hubo entonces y el aprendizaje que debimos extraer. Creo que volver a hablar sobre el pasado es construir un mejor presente.
La película destila afecto de madre a hija, de pareja, entre amigas… ¿Crees que en último término tu película versa sobre el amor?
Totalmente. El VIH me importa mucho, porque marcó la historia de la disidencia en todo el mundo, pero lo que más me importa es la resistencia a los tiempos violentos, que justamente se daba con la creación de familias no sanguíneas que buscaban lo mismo que todos: ternura, amor, encontrar su lugar. Decirlo parece un poco cliché, pero es verdad y es mi historia. Las comunidades sobrevivían juntas, imitaban familias para disfrutar de los sentimientos que eso traía. Me parece hermoso. En la comunidad trans se siguen adoptando como madres e hijas y lo que hay detrás es muy lindo, simplemente humano. No tiene ningún precio, no tiene ningún otro objetivo que querer y ser querido, lo que le da sentido a estar vivo.

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