En el centro de la historia se encuentra, una vez más, la periodista y ex asistente de Miranda, Andy Sachs (Anne Hathaway), que regresa a Runway mientras la directora de la revista, interpretada por Meryl Streep, se enfrenta a un sistema cambiante, en medio de nuevas jerarquías y un panorama mediático cada vez más frágil. El regreso de Emily (Emily Blunt), ahora al frente de una marca de lujo y, por lo tanto, en una posición estratégica para el futuro de la revista, complica aún más la situación. Junto a ellas está el experto en moda Nigel (Stanley Tucci), al que se unen nuevos nombres, como Kenneth Branagh, Simone Ashley y Justin Theroux.
Si bien la historia mira hacia el futuro, el rodaje fue, en realidad, un viaje a través del tiempo. “Creo que ninguno de nosotros imaginó que el equipo volvería a reunirse”, ha admitido Anne Hathaway a Vogue. Durante años, una secuela fue una posibilidad lejana, casi imposible. “Nunca pensé que sucediera, jamás había vivido algo así en mis 45 años de carrera”, insistió Stanley Tucci. “Pero Nigel siempre ha estado dentro de mí: simplemente tenía que dejarlo salir de nuevo”.
“Este personaje melancólico me sienta tan bien que quizás debería hacerme algunas preguntas”, ha bromeado Emily Blunt. “Fue como volver a casa, sobre todo porque Stanley ahora forma parte de mi familia [se casó con la hermana de la actriz, Felicity, en 2012]. Es increíble lo que nos ha dado esta película”.
Sin embargo, el verdadero corazón de este proyecto tan esperado sigue siendo, huelga decir, Miranda Priestly. Ya en 2006, ella había redefinido la idea de la mujer poderosa en la pantalla. “Fue simultáneamente la culminación y el fin de una era”, recuerda el director David Frankel, que repite en la secuela, refiriéndose a un mundo de monumentales redacciones, cifras colosales y jerarquías rígidas, ahora prácticamente desaparecido.
Sin embargo, su visión del personaje siempre ha sido contracultural, explica: “Quería que fuera la heroína de la historia. Una profesional exigente porque ha dedicado su vida a hacer algo grandioso, impulsando a los demás más allá de sus propios límites. Es exigente, impredecible y, a veces, parece despiadada. Pero no es malicia: es dedicación a la excelencia”.
Esta interpretación convirtió a Miranda en un personaje complejo, construido también gracias a la contribución directa de Meryl Streep, a quien Frankel atribuye “cada detalle” de su icónica actuación.
No es casualidad que, durante el rodaje de la primera película, la actriz optara por no salirse nunca del personaje, siguiendo un enfoque que recuerda al método Stanislavski y manteniendo cierta distancia del resto del reparto. “Por suerte, esta vez no fue así, y nos reímos mucho”, dice Hathaway, recordando irónicamente un rodaje mucho más relajado que en el pasado.
Naturalmente, la evolución de los personajes –y las dinámicas de poder que los caracterizan– también depende de una minuciosa investigación del vestuario. La diseñadora de vestuario Molly Rogers, que ya había participado en la primera película bajo la supervisión de Patricia Field, trabajó con un objetivo específico: la perdurabilidad. Si bien Anne Hathaway anticipó que el vestuario de Andy hoy en día “se sitúa entre lo práctico y lo sofisticado”, Rogers ha explicado que quería crear un estilo “fluido y atemporal”, capaz de evitar las modas pasajeras y transmitir una visión más amplia y duradera de la estética de la película.
20 años después, sin embargo, no solo las industrias de la moda y las revistas han cambiado profundamente, sino también la forma en que consumimos historias. Todos los días, los platós de la secuela estaban repletos de gente, y fotos y vídeos robados aparecían intermitentemente en las principales redes sociales. “Toda esta atención, esta obsesión por consumir la película incluso antes de su estreno, es un reflejo de cómo han cambiado nuestras vidas”, observa Emily Blunt.
Y ahí reside precisamente el reto de la secuela: reconectar al público con una experiencia colectiva, transformar esa experiencia de ver la película en un momento compartido. Anne Hathaway ya tiene una propuesta: “Espero que la gente se vista de forma… elegante y vuelva al cine, elige tu atuendo de Miranda Priestly y diviértete”. En definitiva, El diablo viste de Prada nunca ha sido solo una película sobre moda, sino un ritual pop capaz de trascender el tiempo y reinventarse junto con su público.
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