Julián Villagrán: “Lo de los premios es absurdo, te ponen a competir y no hay un trabajo mejor que otro”

Julián Villagrán: “Lo de los premios es absurdo, te ponen a competir y no hay un trabajo mejor que otro”

Julian Villagrán

Con un Goya en casa por Grupo 7 (que, al principio, rechazó) y el cariño del público gracias a trabajos como su Velázquez en El Ministerio del Tiempo, el actor Julián Villagrán hace doblete este mes: estrena La buena hija, de Júlia de Paz, y la comedia Casi todo bien.

Ni el más inspirado de los futurólogos hubiera augurado su carrerón cuando, en el primer rodaje de su vida, le pusieron de patitas en la calle. Eran tiempos, finales de los años 90, en los que Sevilla, y la zona de La Alameda en particular, vivía un efervescente movimiento cultural un tanto underground. Si hablamos de cine, de allí surgió la llamada Generación Cinexin, ese grupo de creadores que soñaban con dedicarse al cine y en el que estaban Alberto Rodríguez, Santi Amodeo, Paco R. Baños, Álvaro Alonso, Ana Rosa Diego, Gervasio Iglesias o Chiqui Carabante. Y alrededor de esos futuros directores y productores también se movían Rafael Cobos o los actores Manolo Solo y Julián Villagrán (Trebujena, 1973).

Hoy, un centenar de películas y series después, el protagonista de estas páginas es uno de los mejores secundarios de nuestro audiovisual. Él abraza la etiqueta, no hay papel pequeño. Y demuestra que, a veces, basta con dos o tres secuencias para llevarse el gato al agua. Su trágico yonqui en Grupo 7 (2012), por el que ganó el Premio Goya, o su Diego Velázquez de la serie El Ministerio del Tiempo (2015-20) son ejemplos más que evidentes de cómo ejercer de consumado robaescenas. En casi 30 años de carrera, Julián Villagrán ha sido protagonista en pocas ocasiones: Carlos contra el mundo (C. Carabante, 2002), Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011), Impávido (Carlos Therón, 2012) o la aún inédita miniserie 33 días.

También en varios cortometrajes, como aquel Bailongas (2001) que lo empezó todo. O como Harta (2021), de Júlia de Paz Solvas, germen de La buena hija (estreno 10 de abril). En ambos casos, nuestro hombre interpreta al padre de una adolescente, denunciado por violencia de género, y que se ve con su hija en un centro de encuentro familiar. La cineasta catalana, que debutó con Ama (2021), desarrolla con talento el germen de su corto, poniendo el foco en la toma de conciencia de la protagonista ante la violencia paterna. Y nos descubre a la joven Kiara Arancibia, uno de los más luminosos debuts de los últimos tiempos. Además, este mes Villagrán hace doblete con la simpatiquísima Casi todo bien (en cines el 24 de abril), de los debutantes Andrés Salmoyraghi y Rafael López Saubidet. Con las dos pasó por Málaga. Y está rodando Caza mayor, de Daniel Sánchez Arévalo.

Con La buena hija repites el personaje que Júlia de Paz te ofreció en Harta…

En realidad hay cambios respecto al corto. En Harta, mi personaje de maltratador estaba más subrayado, todo era más de blancos y negros. Lo interesante en La buena hija es que predominan los grises. Desde la mirada de la niña, que tiene más complicidad con él que con la madre, no acabas de saber qué ha ocurrido. Y era una apuesta arriesgada, alguien podría pensar que blanqueamos el maltrato, y en absoluto. Júlia y Núria Dunjó, la coguionista, han sido muy rigurosas. Y la película señala un tipo de comportamiento que hemos vivido como muy normal, y que se da pese a que el mundo ha cambiado. Por eso, la apuesta de Júlia era no ser obvios, que se pudiera dudar. Y debíamos lograr que el público empatizara mínimamente con el padre, al menos en la primera parte de la trama. Como pasaba en Los Domingos, o en la serie Querer, en la que Júlia era guionista, entiendes a todos los personajes, y no le decimos al público qué pensar, que es a lo que estamos acostumbrados en la ficción.

¿Cuáles son las dificultades de dar vida a un personaje como este que interpretas en La buena hija?

La clave es no juzgar nunca. Yo siempre intento defender a mis personajes, y justificar las cosas que hacen.

Con tu experiencia, ¿cómo se encara el trabajo con una actriz adolescente y novel?

Cada persona es un mundo, no sabes cómo responderá. Kiara ha estado muy arropada por el equipo y por su coach Tamara Casellas [protagonista de Ama, y aquí en un pequeño rol]. Entonces, desde mi hacer, busco modificar a la persona con la que comparto escena. La miro a los ojos de verdad, intento que reaccione a lo que quiero conseguir de ella. Si tengo que darle miedo, lo intento de verdad. Saco mi mala leche para que su reacción sea más auténtica. En todo caso, Kiara tiene un carisma y una personalidad increíbles. Y hemos cogido un rollo brutal entre nosotros.

Este mes también estrenas Casi todo bien…

Sí, con Marcel Borràs de protagonista. Soy muy fan del teatro que crea con Nao Albet, es alucinante. Llegué un poco sin saber a dónde iba, me llamaron a última hora porque tenían a otro actor previsto. Y fue una grata sorpresa. Lo que sufrieron la script y el montador, trabajando como trabajamos: sin cortar de una toma a otra, con mucha improvisación. El proceso fue parecido al de La buena hija: el texto no es un decálogo, conoces el recorrido del personaje, y desde ahí cambias de una escena a otra, y ocurren un montón de cosas. Eso da una vida que me encanta.

Hablemos del camino que te ha traído hasta aquí. Dice la página profesional IMDb que tu primera aparición en el cine es La duquesa roja, año 1997.

Ahí hice de extra. Mi primer rodaje… ¡Y me echaron! [risas]. Yo no tenía experiencia, todavía estaba en la escuela de interpretación y la persona responsable de figuración llamó a todos sus colegas. Rodábamos una escena en un camping de Sevilla con Miki Molina, y nosotros aparecíamos muy al fondo de plano, jugando a las cartas. Y lo hacíamos de verdad, metidos en el rollo, bromeando. Cortaron un par de veces porque se oían nuestras risas. Al acabar vino el encargado de la figuración: tú, tú y tú mañana no vengáis. Así fue [risas]. ¡Nos echaron del rodaje!

Primer punto de inflexión: el cortometraje Bailongas, de Chiqui Carabante, que forma parte del trabajo de la Generación Cinexin.

Ganó muchos premios y viajó mucho, y me empezaron a llamar para series como Al salir de clase o El comisario. En el corto hay dos extras en un bar: Alberto Rodríguez y Santi Amodeo. Todo aquel grupo se había encontrado estudiando Ciencias de la Información, eran dos o tres años mayores que yo. No pude entrar porque la nota de corte era muy alta, y me fui un año a Londres sin saber qué quería, a malvivir, y al volver, me matriculé en Derecho. Y ellos montaron la productora Letra M y se pusieron a hacer cortos colectivos: uno dirigía y los otros curraban en él. Ese fue el germen de todo lo que vino después.

Tú conocías bien a Rafael Cobos, coguionista del cine de Alberto Rodríguez.

Sí, desde los 10 años, en un campamento de verano. Íbamos a la misma clase en el colegio de nuestro barrio. Somos amigos desde chicos, y encontrarnos luego haciendo cine, ¡imagínate la locura! Y estuvimos juntos en mi primer grupo musical, con 16 años. También toqué la guitarra con Santi Amodeo y Manolo Solo: a finales de los 80 tenían un grupo en Sevilla, Los Relicarios, y les conocí en el Fan Club, el local underground de La Alameda. Ya ves, empezamos haciendo los cortos de unos pringaos mataos de Sevilla y ahora estamos viviendo de esto. Y cuando nos vemos, seguimos siendo los mismos, porque ninguno tiene ínfulas de nada.

¿Qué importancia tiene Alberto Rodríguez en tu carrera?

Muchísima. Hicimos 7 vírgenes, su primera peli en solitario y la primera que escribía con Falete Cobos. Y luego me hicieron casting para ser uno de los policías de Grupo 7. No me cogieron, pero me ofrecieron seis sesiones de rodaje para ser el yonqui. Yo ya había interpretado a muchos, estaba hasta la polla de hacer de yonqui. Tampoco me pagaban muy bien, y lo rechacé. Pero mi novia de entonces, que tenía mucho gusto y leyó el guion, me dijo que tenía que aceptarlo. Me admitieron, y ¡menos mal, colega! Diría que ha sido la peli que más de paseillo me he hecho en mi vida [risas]. Lo tenía tan trillado que fue muy fácil.

¡Gracias a tu ex novia te llevaste el premio Goya!

¡Sí! Aunque lo de los premios es absurdo, te ponen a competir y no hay un trabajo mejor que otro. Pero la gente te toma final, todos queremos que nos premien para seguir trabajando y tener acceso a proyectos cada vez más guays. Pero los premios son una mierda. Este año, por ejemplo, hay un nivelón increíble, Los Domingos se lleva mejor película, pero Sirât, Maspalomas, Romería…

Has hecho muchísimos personajes secundarios. ¿Estás cómodo con esa etiqueta?

Esto tiene muchas caras, pero… Joder, hacer secundarios es muy cómodo. Cuando te dan un secundario jugoso, te enfocas mucho más, tienes al personaje mejor atado, puedes hilar muy fino y tienes más descanso. Se agradece. El año pasado rodé 33 días, soy protagonista con José Manuel Poga. Y hostia, es durísimo. Está muy bien, porque cobras más: he podido dar la entrada de mi casa y he pagado la reforma, pero mantener cada día la concentración y un nivel profesional de calidad durante tanto tiempo, con ese cansancio, es muy difícil. Te lanzas en un salto al vacío. Cuando hice Carlos contra el mundo, mi primer prota, estuvimos ensayando mes y medio con Chiqui Carabante, pero eso no me lo he vuelto a encontrar. Los ensayos son mínimos, confían en ti y te lo tienes que preparar en casa, y cada vez que me dan un prota y estoy trabajando solo sin mucho ensayo, me siento un poco perdido. Cada cosa tiene lo suyo. Yo aspiro a seguir haciendo protagonistas, y siento que aún no me ha llegado uno guay, pero estoy encantado haciendo secundarios.

La buena hija

Con tanta experiencia y… ¿te sigues sintiendo perdido?

Sí, sí, cada día, en cada rodaje me pasa, incluso con los secundarios. Cada personaje es nuevo, rodaje nuevo, energía y director nuevos. Y voy acojonado. Al coger el guion por primera vez no sé cómo encararé el trabajo, pienso que no iré preparado. Siempre tengo el síndrome del impostor, que no se va nunca. Aunque es cierto que a la hora de arremangarte y ponerte a currar, la experiencia se nota y pesa cada vez más. El peligro es repetirte, acomodarte en los recursos que te funcionan, perder la chispa, dejar de estar vivo.

Otro ejemplo de personaje secundario que concentraba la atención del espectador: el Velázquez de El Ministerio del Tiempo. Su éxito tenía mucho que ver con cómo lo dibujaste…

Creo que fue un accidente. He interpretado personajes con los que, de repente, me he sentido incómodo, o he creído que no conectaba o no le sacaba el jugo que podía. Pero con Velázquez se dio una simbiosis entre cómo los guionistas lo enfocaron, cómo lo cogí yo y cómo se fue desarrollando. Una vez ya me conocían y sabían qué escenas brillaban más que otras, los guionistas escribían pensando en mí y en lo que habíamos creado juntos. Estoy agradecidísimo. El cariño que he recibido por la calle, de quienes me reconocen sin peluca ni bigote, ha sido increíble. Momentos como el de Velázquez en el Museo del Prado, rapeando Yo soy guapa entrando en la sala de Las Meninas… ¡Eso es un regalazo!

¿Te ha costado mucho estabilizarte en la profesión?

El camino ha sido lento, escalón a escalón, sin vivir ningún pelotazo. No sé si el Goya lo fue. Y con el sueldo que cobraba entonces, no me daba ni para vivir dos meses, por mucho Goya que me dieran. Pero he trabajado bastante, y es verdad que ha habido épocas con películas de las que no me enorgullezco tanto, y que hice aunque no me gustaran. Había que pagar el alquiler. Pero llevo tres o cuatro años en los que me está yendo bastante bien, con proyectos que molan mucho, y he podido afianzar un sueldo con el que, por fin, he podido dar una entrada para comprarme una casa con 52 años. ¡No me quejo!

Fotos: Getty Images

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