Tan divertida como dolorosa, la película escrita y dirigida por Kirk Jones es una historia que muestra las tremendas dificultades con las que viven las personas afectadas por este trastorno neurológico, que sufren tics motores y vocales, a veces con una tendencia patológica (llamada coprolalia) a proferir obscenidades o comentarios inapropiados, y cómo todo ello les margina socialmente.
Aramayo, que ha participado en algún largometraje, pero que en realidad era un actor hasta ahora bastante desconocido en el cine (en televisión ha participado en Juego de tronos y El señor de los anillos: Los anillos del poder), hace un asombroso trabajo dando vida al personaje principal de este relato, que recorre su vida desde la infancia, pasando por la adolescencia –le diagnosticaron Tourette a los 15 años– y hasta su madurez, buscando un espacio en la sociedad con un trabajo que le permitiera independizarse.

Lo siguiente es su activismo difundiendo esta condición neurológica y creando un grupo de apoyo que ayuda a miles de personas. En 2019, Davidson fue nombrado por esta labor Miembro de la Orden del Imperio Británico. “El problema no es el síndrome de Tourette, el problema es que la gente no sabe lo suficiente sobre el síndrome de Tourette”, especifica el Davidson de ficción en la película, en la que junto al actor protagonista se encuentran Peter Mullan, Maxine Peake y Shirley Henderson, entre otros.
“El síndrome de Tourette me pareció una de las enfermedades más perturbadoras y terribles que uno pueda imaginar”, pero su naturaleza puede llevar a la gente a decir las cosas más raras y extrañas. Como guionista y director, la combinación de humor, emoción y tragedia me resultó atractiva, explicó el guionista y director en una entrevista, en la que recordaba que preguntó al auténtico John Davidson si le molestaría que incluyera toques de humor en la película: “Me dijo que su vida había sido la más trágica y divertida que uno pueda imaginar”.
Drama y comedia reunidas en una misma historia, que revela también el cansancio que significa vivir con tics constantes o puñetazos involuntarios. Un agotamiento que, cuando se conoce, es mucho más fácil de aceptar. Incontrolable (I Swear), en la que sus creadores y el propio Davidson —que ha participado en la producción— te autorizan a reírte y a llorar casi al mismo tiempo, es una película que reclama muy sutilmente a los gobiernos más apoyos en la investigación de este síndrome y que celebra los avances ya conquistados.
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