La actriz Kristen Stewart llevaba años buscando una historia con la que debutar como directora y la encontró en las memorias de la escritora Lidia Yuknavitch, La cronología del agua. Estrenada en Cannes, es una ópera prima muy personal, protagonizada por Imogen Poots.
“Hay ciertas cosas que te desbloquean… Hay ciertos textos, o relaciones, conversaciones, películas, lo que sea… que te abren”, dice Kristen Stewart sin parar de moverse en su silla.
Eso le pasó a ella con las memorias de Lidia Yuknavitch cuando las leyó en 2017. Encontró, a través de la voz de la escritora y de sus experiencias de dolor y trauma, un camino para encontrar su propia voz como creadora.
Niña prodigio, empezó a actuar a los ocho años cuando la descubrieron en una obra navideña del colegio. Despuntó como hija de Jodie Foster en La habitación del pánico y se convirtió en megaestrella adolescente como Bella en Crepúsculo.

Desde 2012, tras el estreno de la última parte de la saga de los vampiros y hombres lobo, Stewart ha luchado por encontrar su propia voz como actriz y, en los últimos años, también como directora. Fueron finalmente estas memorias las que conectaron con ella de una manera profunda y duradera para lanzarse a dirigir y demostrarse a ella misma —y al resto del mundo— todo lo que es y puede ser.
“Es loquísimo, pero creo que por primera vez siento que me miran y tratan con respeto”, decía, entre feliz y amargamente, en el pasado Festival de Cannes, donde presentó su primera película como directora, La cronología del agua, adaptación de esas memorias de Yuknavitch que transformó en su faro creativo y emocional.
Siete años estuvo Kristen Stewart trabajando en esa adaptación. Cientos de versiones escribió para intentar ser fiel a la esencia del libro y de su autora, mientras vehiculaba su personal manera de ver el mundo.
La cronología del agua es el relato personal de Yuknavitch, hoy una escritora de éxito, madre y mujer reconocida, con una vida tranquila, aunque llegar hasta ahí fue un camino especialmente difícil y terrible.
Reveló los abusos que sufrió de niña y de joven, que le condujeron a adicciones y años autodestructivos de los que le salvaron escribir y la natación. Yuknavitch relata su memoria de manera abierta, para que el lector termine de unir las piezas. Y eso fue, justamente, lo que más atrajo a Stewart, porque en esos recuerdos y la forma de unirlos, cada uno puede encajar los suyos propios.
“El libro me destrozó y, como a mí, a muchos, tiene bastantes seguidores de culto; la gente está obsesionada con él, y me apetecía unirme a ese coro de voces… Es un poco como un ‘elige tu propia aventura’. Si otra persona hubiera hecho la película, sería completamente diferente. La única manera de ser súper fiel a él era cambiarlo”, admite la actriz, hoy ya también directora.
“Creo que he estado hablando siempre con todos los directores con los que he trabajado sobre el hecho de que quería hacer películas. Quizá de alguna forma lo he sido siempre, pero soy actriz, esto no es como un cambio de rumbo”, afirma, porque ella, como actriz, siente cada película en la que ha participado muy suya.

“No he llegado de repente. Realmente he estado por todas partes. Y lo mismo le pasa a Imogen Poots en esta película. Esta es su película. Casi más que mía. Es su cuerpo. Es su alma. Es toda su vida. Su rostro”. Para Stewart, Poots, su actriz protagonista, está aún más expuesta que ella como directora del filme, aunque considera que las dos se hicieron una durante todo el proceso, tal y como había experimentado con los directores a los que más reverencia, como Olivier Assayas (con quien trabajó en Personal Shopper y Viaje a Sils Maria) o Pablo Larraín (con quien se convirtió en Lady Di en Spencer).
Para Stewart, La cronología del agua “es una invitación a presenciar la fealdad, a convivir con la vergüenza y a salir de ella sabiendo que tu cuerpo y tu historia te pertenecen. Es una invitación a dejar de esconderse. La experiencia femenina es un enorme secreto”, escribe en sus notas. Y revelar ese secreto puede ser doloroso. Lo es. Escribir la película, rodarla, montarla, ha sido un proceso complejo y sufrido para ella, como mujer y artista, admite. Pero ha sido también ese proceso en el que ha aprendido, como Lidia Yuknavitch, a abandonar su ego y hacer las paces con los recuerdos de esas otras mujeres del pasado que fue y sin las que hoy no sería quien es.
Fotos: Getty Images
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