Crecido en los años 90, Luis Calderón se formó cinematográficamente en los videoclubs. En sus visitas cotidianas a esos lugares hoy extintos, le llamaban especialmente la atención las películas de terror; las carátulas de películas como La última casa a la izquierda le atraían, aunque sus referentes citados hoy van mucho más allá: de Wes Craven a Gaspar Noé, de Michael Haneke a Amenábar. Este director sevillano, con productora propia, con experiencia en publicidad y vídeos musicales, llevaba años intentando sacar adelante su primer largometraje y La casa en el árbol es el resultado de ese esfuerzo, una película producida independientemente que ha viajado por multitud de festivales internacionales (ganó mejor película en el Horror Fest de Utah), incluido el último de Sevilla.
Sandra Escacena, a la que conocimos en Verónica, de Paco Plaza (otro referente para Calderón), es Ale, la protagonista. Una chica a la que descubrimos en el funeral de la madre de su novio (Claudio Portalo), rechazada por la familia de él, se va a descansar a un sitio tranquilo: una casa en un árbol en mitad del bosque de Zeanuri (Vizcaya). La escapada acaba en tragedia cuando Jesús muere cayendo desde lo alto de la cabaña. Lo cierran como accidente, pero Ale sabe la verdad, sabe que hubo un hombre allí, alguien que acabó con su felicidad y un año después, tras mucho prepararse, regresa al mismo lugar dispuesta a cumplir su venganza.

Calderón, que empezó a escribir la película en la pandemia, reconoce que la historia se mira en varios subgéneros y clichés del terror para llevarlos hacia un territorio muy personal y comprometido. El slasher es el más claro porque no se corta en litros de sangre y está protagonizada por esa final girl que relata su propia versión de los hechos, como deja bien claro ella al principio. También, por supuesto, hay venganza, es el sentimiento que aparentemente mueve la historia y a Ale, vengar la muerte de su novio, lo que la hicieron a ella; y hay supervivencia, porque el agresor es “más fuerte, más rápido, ya ha matado”… ¿Cómo va a matarlo? Con mucho ingenio y determinación.
La casa en el árbol va jugando con todos esos referentes conocidos para ir llevándonos a cada paso en un recorrido con un final inesperado, pero que era muy intencionado: usar el terror como medio para transmitir un mensaje potente y relevante que cuestiona la identidad. El género como medio y no fin en sí mismo, aunque ya que estamos lo han pasado bien con un reparto, además, interesante que completan Kandido Uranga como el padre de la protagonista; y La Mala Rodríguez y Apolonia Lapiedra, las dos debutando en ficción, como sus amigas.
