¿Qué ocurre cuando alguien tocado por el genio aparece en el momento equivocado —antes de tiempo o, como ocurre en este caso, mucho después— y su arte no encuentra el abrazo del mundo que lo rodea? En Una cabeza en la pared, el cineasta Manuel Manrique propone un viaje crepuscular a través de una España retrofuturista en la que la historia y la cultura han sido reducidas a souvenirs de plástico y otras mercancías de escaparate. Nada, en realidad, demasiado alejado de nuestro presente. Rafael Jesús (Nacho Sánchez), protagonista del corto, es un maestro matador que, tras la prohibición definitiva de las corridas, vaga por las calles sin rumbo intentando atisbar, entre la decadencia de un mundo convertido en centro comercial, algún vestigio de belleza.
“Se me ocurrió que esta podría ser la peor pesadilla de un torero: ver que continúa vendiéndose la marca España, pero que los toros ya no están permitidos”, cuenta Manrique, que hace hincapié en la distancia irónica que en todo momento atraviesa la pieza, gran triunfadora de los Premios Fugaz, nominada a mejor cortometraje en los últimos Forqué y también en los Goya.
El cineasta pone en imágenes este estruendoso choque de trenes —lo telúrico devorado por la superficialidad de la vida urbana— huyendo de todo naturalismo y celebrando el artificio de la ficción cinematográfica. “Dos fueron mis principales referencias: el universo alienado y decadente en el que se mueve Travis Bickle, protagonista de Taxi Driver (1976), y el costumbrismo simbólico y transgresor del cine de Bigas Luna, con Jamón Jamón y Huevos de toro (1993) a la cabeza”, asegura el director de un cortometraje en el que resuenan también el ominoso onirismo de Lynch y la corporalidad visceral de Cronenberg.
La apuesta visual simbólica se complementa con un turbador diseño sonoro y un entramado musical que fusiona flamenco y electrónica (obra de Lucas Ariel y Alberto Torres, respectivamente), herramientas que apuntan, en todo momento, hacia el espacio interior del protagonista, evidenciando la profunda e insalvable brecha entre tradición y modernidad. Lejos de resultar discursiva, Una cabeza en la pared abraza la ambivalencia, dejando más de una pregunta en el tejado del espectador. Quizá esta sea la principal: ¿Cómo coexistir hoy con un mundo que mercantiliza la tradición mientras trata, al mismo tiempo, de liberarse de sus sombras más oscuras?
© REPRODUCCIÓN RESERVADA