José Alayón, director de ‘La lucha’: “Me gusta pensar en el cine desde el cuerpo, desde ahí salen el relato y los sentimientos”

José Alayón, director de ‘La lucha’: “Me gusta pensar en el cine desde el cuerpo, desde ahí salen el relato y los sentimientos”

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En La lucha (estreno en cines 30 de enero), el director tinerfeño José Alayón (‘Slimane’) reencontró en el deporte más antiguo y celebrado en Canarias muchas metáforas narrativas y emocionales y una reivindicación identitaria y de resistencia desde las islas.

El origen de la lucha canaria es anterior a la llegada de los conquistadores peninsulares. Los primeros habitantes de las islas ya la practicarían y se ha mantenido hasta hoy que, tras algunos años de decaer un poco, vive un nuevo repunte de popularidad, especialmente en Fuerteventura. “Allí hay una pasión brutal, es alucinante la afición que tienen, como la que había en los años 80 o 90, que fue como el auge”, explica José Alayón, que por eso decidió rodar allí La lucha, su tercer largometraje que empezó a escribir cuando él mismo se reenamoró de este deporte ancestral. “La lucha canaria es algo que pertenece al imaginario de las islas desde siempre, está en las escuelas, lo echan por la tele, está siempre presente, es una seña identitaria muy fuerte”, continúa. “Es un deporte que practican más de tres mil personas federadas, muchos niños. A mi padre le gustaba mucho y yo de joven iba mucho a verla, pero luego me desconecté, me dediqué a otro deporte… y hace siete años o así volví a ver una con mi amigo director David Pantaleón, y me conecté de nuevo, me hice súper aficionado y sentí rápidamente que podía contener una película potente”.

A Alayón le gusta “pensar en el cine desde el cuerpo, desde lo físico, que desde ahí salgan el relato y los sentimientos”, dice y lo hace mientras a su lado, durante el Festival de San Sebastián, tiene al lado a su actor protagonista, Tomasín Padrón, una leyenda de la lucha canaria, puro físico, una montaña de la que sale una fisicidad incontestable que contrasta con la de Yazmina Estupiñán, otra joven ex luchadora, pequeña y ligera, otro físico que también habla. Los dos son los protagonistas de la película, actores no profesionales a partir de los que el director y sus guionistas escribieron esta historia. “Desde el principio sabía que teníamos dos opciones: trabajar con luchadores a los que enseñábamos a actuar o con actores a los que enseñábamos a luchar”, cuenta. “Y la primera me parecía la mejor forma porque te permitía jugar entre la ficción y el documental. Obviamente es una historia de ficción, pero me gusta mucho la idea de dudar siempre si es real o no, y el trabajo de ellos aporta mucho”. Además, le ayudó a reforzar las ideas sobre cómo la lucha y sus valores se reflejaban en quienes la practican, pero también tenía potencial universal. “El casting fue una sorpresa, hablando con todos los que pasaron encontramos muchas cosas y reescribimos el guion”, explica el cineasta. Y deja hablar a sus actores para los que sí fue una sorpresa. A Tomasín le pillaron entrenando y le preguntaron si quería hacer la prueba.

La lucha

“Si no llega a ser así, yo no me habría presentado nunca al casting”, admite entre risas. “No me dieron escenas del guion, era más como una entrevista, y a la tercera o cuarta pregunta, me hicieron llorar. Es increíble”. “Necesitábamos ver si este hombre tan grande, con esa imagen de coraza, también se podía romper, encontrar la parte sensible”, confiesa Alayón. Para Yazmina también buscaron entre luchadoras, preguntaron por chicas en Fuerteventura, y ella llegó recomendada por una amiga. “Nos quedamos con ella sola y ocurrió algo bastante potente, le preguntamos que, si le dieran una varita mágica, qué cambiaría y Yazmina contestó volver a luchar”, continúa el director. “Yo también lloré un poquillo”, responde ella. Como su personaje, por una lesión de espalda tuvo que dejar la lucha y, sin especificar más, cuenta que en su pasado hay cosas en las que se emparentaba con su personaje.

Contacto y resistencia en la lucha

La lucha es un deporte de contacto, de buscar el equilibrio y desequilibrar al contrario para hacerle tocar el suelo con cualquier otra parte de cuerpo que no sea la planta del pie. Pero es una práctica que no admite ni contempla maniobras agresivas. Es noble. Los contrincantes se necesitan. “Tenemos que tocarnos, tenemos que sentirnos, tiene que haber contacto, porque si no, no hay lucha”, explica Tomasín. Eso les sirvió para entender la película en el viaje contrario. Él interpreta a un padre, también luchador legendario y profesional, veterano (en la realidad, Tomasín, a sus 48 años, es puntal B, una categoría privilegiada, y es el más longevo de la lucha canaria), que vive con su hija, luchadora en crisis. Desde que se murió la mujer y madre, él se ha refugiado en la caravana, apenas hablan. No se tocan. La lucha marca sus vidas y también es su válvula de escape. Lo es todo. Y a través de ella, de sus ritmos e incluso de sus reglas, padre e hija van reencontrando el camino del contacto y la reconciliación. Rodada en Fuerteventura, por su pasión por el deporte y la fuerza de su paisaje y su viento, en La lucha, Alayón no sólo habla de la incomunicación y la reconciliación, del trauma y el dolor, sino también de la identidad canaria. “La lucha es resistencia y tiene que serlo, para mirar al canario desde dentro, lo estamos haciendo cada vez más, por fin estamos descentralizando un poco el cine y eso es muy bueno”, concluye.

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