Laura Weissmahr es de Tarifa, ha vivido por todo el mundo, creció en Barcelona y, aunque estudió audiovisuales en Londres, fueron sus amigos los que la convencieron de que actuar era su verdadera vocación. Se tiró “de kamikaze a ser actriz” y pasó unos años difíciles, hasta que su primer papel protagonista en Salve María le ha valido el Goya a mejor actriz revelación. Ahora estrena Los aitas, de Borja Cobeaga, junto a Quim Gutiérrez y Juan Diego Botto.
"Cuando me di cuenta de que le tenía que meter la mano en el culo a un caballo, decidí que no era lo mío”, recuerda Laura Weissmahr (Tarifa, 1992) sobre su plan inicial de niña de convertirse en veterinaria de animales grandes. Era eso o estrella del pop, pero ¿lo de actriz? Eso sí que no. Por aquel entonces, estrenar la comedia Los aitas junto a Quim Gutiérrez o convertirse en la ganadora al Goya a actriz revelación por Salve María (2024) no era, ni mucho menos, su sueño de futuro. Es más, para que lograse comprender cuál era el camino que debía escoger, fue necesario que algunas personas de su alrededor vieran en ella el talento que esta se empeñaba en no mostrar.
Su primer trabajo como actriz en Júlia Ist (2017) no se lo creyó mucho. Ni siquiera lo buscó, sino que fue una “jugarreta” de su directora y amiga Elena Martín. “Me decía que había un personaje que se parecía mucho a mí. Me decía: ‘¿Quieres venir a hacerlo?’. Y resulta que lo había escrito para mí”, cuenta. En él daba vida a una chica de Berlín, pero, aunque su apellido haga plantearse algunas dudas, Weissmahr no es alemana, sino de Tarifa.
De padre suizo y madre italiana, nació donde estos se conocieron y, a los 12 años, se mudó a Barcelona, a donde volvió tras estudiar audiovisuales en Londres –poco a poco iba acercándose a lo que se convertiría en su trabajo ideal– hasta que, ya de más mayor, y superadas las dudas, se dio cuenta de que dedicarse a la actuación era el único plan que debía e iba a seguir.
Pero encontrar esa determinación costó un poco más que engañarla para salir en un trabajo de fin de grado como hizo Martín. Costó, exactamente, que otro conocido le diese un segundo empujón que se convirtió en el definitivo. “Cuando acabé de estudiar en Londres, otro amigo mío me llamó y me dijo: ‘Mira, voy a hacer una obra de teatro en Barcelona, ¿por qué no te vienes?”, recuerda. Después de la primera función, se encerró en su camerino y “tuvo un momento”, como dice ella. “Dije: ‘Vale, esto sí que es lo tuyo’. No sé, me iluminé. Podría haber hecho muchas cosas que se me daban bien, pero noté que en esta brillaba”. Y pocas intuiciones han sido tan buenas como esta.
“NO SERÉ UNA ARTISTA FRUSTRADA”
Conquistar primero las salas de cine y después a los miembros de la Academia no se consigue en una noche. Al contrario, existen muchas noches previas sin saber cómo vas a conseguirlo. “He estado a punto de tirar la toalla muchas veces”, confiesa sobre aquella época de incertidumbre con confinamiento incluido, cuando se pasó dos años sin trabajar.
“Tenía mucho miedo de acabar siendo una artista frustrada. No hay nada peor que eso para un ego: el ego de una artista frustrada”. Y es que, durante un tiempo, los papeles protagonistas siempre se le escapaban. “He estado en el punto de mira de proyectos guays, pero nunca pasaba a finalista por el hecho de que no era conocida… Que luego me acababan escribiendo personajes para mí, como pasó con La ruta, que fue muy guay, pero tú no vives haciendo un personaje secundario tres días al año”.
Vida perfecta, No matarás o incluso Perra, el videoclip de Rigoberta Bandini, son algunos de aquellos proyectos en los que participó, hasta que el año pasado le llegó su gran oportunidad con Salve María, de Mar Coll, un thriller psicológico sobre una joven madre que se obsesiona con el infanticidio. “Ha sido un antes y un después y un gran salto para mí”, afirma sobre este punto de inflexión en su carrera. “Nunca había tenido la oportunidad de hacer un proyecto tan grande, con un arco emocional tan fuerte, donde yo llevase el peso de toda la historia y pudiese desarrollar un personaje y volcarme como actriz”.
Un trabajo que, además, ha sido reconocido en la temporada de premios y que, a sus 33 años, le ha valido el Premio Goya a actriz revelación. “Tenía a gente a mi alrededor que estaba avanzando muchísimo y muy rápido y pensaba que me estaba quedando atrás”, admite sobre todo este camino previo. “Aunque tengo muchas amigas que están empezando a currar ahora teniendo 32 o 35 años… Los que empiezan antes tienen mucha suerte, de hecho”, analiza ahora con más perspectiva.
“Lo que me ha ayudado es estar rodeada de gente que ha creído en mí cuando yo no sabía ni por qué creían en mí. Yo no sabía si es que, simplemente, esto no era para mí, pero, al final, resulta que sí que lo fue”.
LA MÁS ‘POPU’ DE LA CLASE
Tras la intensidad vivida estos últimos meses –“¡Sólo quedan los Goya, gracias a Dios!”, dice riendo al final de la entrevista, realizada una semana antes de la gala–, estrena Los aitas, una comedia de Borja Cobeaga (No sé conducir) ambientada en el Bilbao de finales de los 80, donde unos padres interpretados por Juan Diego Botto, Quim Gutiérrez, Mikel Losada e Iñaki Ardanaz se ven obligados a regañadientes a acompañar a sus hijas en un viaje en autocar para llegar a tiempo a un campeonato de gimnasia rítmica en Berlín.
Durante el trayecto, lleno de desesperantes incidentes, los lazos que se habían roto entre los familiares poco a poco se van reconstruyendo y, entre tanto drama para ellos y comedia para nosotros, aparece Weissmahr como la estricta y recta entrenadora alemana que los acompaña. A ellos, y al equipo infantil creado por Sofía Otero, Irati Goitia, Mara Garcés Renendo, Vera López, Irati García y el joven Aitor Sanz Álvarez, quienes dan vida a los hijos de estos aitas despreocupados.
“Te aseguro que da más respeto rodar con bebés de seis semanas que con niñas de 12 años”, bromea la intérprete comparando la experiencia con Salve María y esta road movie. “Fue un placer y ellas son buenísimas y súper divertidas. Me lo pasé increíble. ¡Era la más popu de la clase! Me adoraban”.
Poner acento alemán, pues su personaje no sabe español a la perfección como ella, tampoco le supuso un problema. “El alemán me lo conozco muy bien y me lo preparé yo sola. En cambio, cuando tengo que hablar en castellano, sea de donde sea el personaje, quiero que me pongan a un coach”, explica sobre la mezcla de idiomas con la que convive en su cabeza. “Si hago un personaje madrileño, sueno demasiado catalana y, si hago uno catalán, sueno demasiado internacional… La cosa es que no soy de ningún lado, así que necesito coach para ser totalmente nativa en cualquier idioma”.
En su próximo proyecto le toca el acento madrileño y, aunque quiera seguir haciendo personajes “interesantes, complejos y profundos”, también sueño con crear sus propias historias más adelante. “En el teatro creábamos nuestras propias obras con nuestras propias ideas y hacíamos estos procesos de ideación y de creación colectiva en los que todo era posible, y me encantaba”, recuerda con un ojo puesto en el futuro.
“Yo creo que ahora es hora de que se haga más esto por parte del actor y no sólo estar esperando todo el rato a que te llamen”. Y si encima lo consigue hacer a nivel internacional, todavía mejor. “El objetivo es conquistar España… ¡y luego toda Europa!”.