En Los justos, la deliberación ante un caso de corrupción da un giro que coloca al jurado popular en una inesperada encrucijada. Vito Sanz y los directores Jorge A. Lara y Fer Pérez dictan sentencia y nos cuentan las claves de una comedia que nos retrata a todos con gracia y mala baba.
Los justos comienza con una cita de Anatomía de un asesinato, de Otto Preminger e, inevitablemente, no hay charla con los directores de la película en la que no se cite a aquellos 12 hombres sin piedad, de Sidney Lumet. Pero en el imaginario de Jorge A. Lara y Fer Pérez, creadores de esta comedia sobre asuntos tan serios como la fragilidad de los principios o el precio que todos tenemos (o no) para traicionarlos, no está tanto el Hollywood clásico como un cine mucho más cercano: “Temas como el dinero, el ascensor social o el arribismo son muy comunes en la comedia española: El mundo sigue, El pisito, El verdugo… Está en las películas de Berlanga, incluso en algunas de Saura”, apunta Pérez. “Esa obsesión por el pobre que intenta prosperar, cambiar sus circunstancias, y, claro, de la forma más rápida e indolora, pisando al otro si hace falta. Es algo que viene desde la picaresca”.
Pongámonos en situación: la premisa de Los justos encierra en una sala de deliberación a un jurado popular formado por nueve hombres y mujeres de distintas edades y condición. Ellos deben constatar la evidente culpabilidad de un empresario acusado de corrupción. Cualquiera diría que la unanimidad es cosa de minutos. Pero algo, en forma de oferta de las que no se pueden rechazar, pondrá palos en las ruedas de un veredicto que parece cantado.

“Nos interesaba ese detonante de la corrupción sobre la mesa del jurado, hacerlo estallar y que les salpicara”, apunta Fer Pérez. “Tenemos un dilema moral básico, parece que solo hay que elegir entre blanco o negro, entre cortar el cable rojo o el cable azul, pero ahí empiezas a entender que existe una escala de grises y que la moral universal no existe y está condicionada por el contexto. Intentamos abordar una crítica a los pilares del estado de bienestar y del sistema, que te pueden obligar a pisotear tus propios valores”, dice el director.
Recoge el guante Jorge A. Lara, su socio en Los justos, y amigo desde los tiempos en que ambos eran guionistas de la serie Aída: “Al final, el objetivo es que los personajes se entiendan, en la escucha y en la comprensión hay empatía y búsqueda de soluciones. Si te unes para el mal, te puedes unir para el bien”, expone, a propósito de la unanimidad que los protagonistas deben conseguir para su veredicto, sea cual sea, aunque suponga traicionarse y aceptar esa oferta irrechazable.
“Quizás Fer y yo tenemos algo naif en nuestra mirada, pero es que creo que mirarnos a los ojos y ver qué tenemos en común nos hace navegar a contracorriente. Hemos llegado a un cinismo tan grande que hablar con alguien a quien no conoces y preguntarle cómo le va la vida… es lo más punk que existe”. Y sigue: “Todos tenemos nuestras mochilas, y ante ellas, todo puede ser justificable. Lo que quizás hace falta no es tanto mirar al vecino, sino hacer autocrítica. El abanico de personajes que se encuentran ante el dilema es amplio. Podemos vernos reflejados en alguno de ellos, y si no a nosotros mismos, seguro que nos recuerdan a un compañero de trabajo, a amigos o a nuestro cuñado”.
EL JURADO
Esos nueve hombres y mujeres al borde de un ataque de corrupción están interpretados por un heterogéneo elenco que reproduce a la perfección la variedad humana que cualquiera podría encontrarse al formar parte de un jurado popular. Lo forman Carmen Machi, Bruna Cusí, Ane Gabarain, Pilar Castro, Aimar Vega, Hugo Welzel, Marina Guerola, el argentino Marcelo Subiotto y un Vito Sanz que abunda en los beneficios de esa diversidad: “Es un cast muy particular, un poco extraño de entrada, cada uno de nuestro padre y nuestra madre. Pero aporta mucho al contar cómo se vinculan y relacionan gentes tan diferentes. Yo creo que hemos casado bastante bien, y me he encontrado con gente que me gusta mucho profesionalmente y que son también excelentes compañeros”, afirma Sanz.

Para el actor, en Los justos confluían varios atractivos: “Había algo interpretativamente seductor en unirnos a nueve actores en esas secuencias largas, escuchando, interpelándonos, y pensando en cómo nos entenderíamos. También es verdad que me dieron un personaje alejado de los bondadosos o transparentes que suelen ofrecerme. Este tiene algo oscuro, cabroncete, como de cuñao… Y después es una historia que, desde la sátira y el humor, genera debate y pensamiento. ¿Qué harías tú?”, razona Sanz.
Y remata: “Hay quien opina que la comedia le quita valor a ciertos temas, y yo creo que es todo lo contrario: la risa no relativiza el conflicto”.
