La Grazia, nueva película de Paolo Sorrentino (en cines desde el 1 de abri), está protagonizada por un excepcional Toni Servillo como el presidente de la República Italiana, al borde de la jubilación, debatiándose entre indultar a dos personas acusadas de asesinato y promulgar una ley de eutanasia. Hablamos con el director.
Toni Servillo es Mariano De Santis, viudo, exjurista y devoto católico, tiene una hija, Dorotea (Anna Ferzetti), jurista como él. Ya anciano, al acercarse el final de su mandato, se enfrenta a dos dilemas finales: indultar a dos personas que cometieron asesinato en circunstancias que podrían considerarse atenuantes y promulgar una ley de eutanasia. “Por casualidad, leí una noticia sobre el indulto de Sergio Mattarella a un hombre que había asesinado a su esposa, que padecía Alzheimer”, responde Paolo Sorrentino cuando le preguntamos cómo se le ocurrió la idea de hacer una película sobre los dilemas morales de un presidente de la República, fruto de su imaginación, pero de un realismo rotundo. “El proceso de desarrollo de una película se convierte entonces en una especie de efecto dominó. A partir de la noticia que leí, surgieron en mi mente todas estas preguntas sobre el presidente de la República, sobre su pasado. Inmediatamente pensé en los presidentes italianos que tenían una relación tan estrecha con sus hijas. En aquella época, yo también tenía una relación muy estrecha con mi hija Anna. Así que todo esto despertó en mí nuevas ideas sobre tramas que me fascinaban. Cuando una maraña de elementos dentro de una película te cautiva tanto, te enredas en ella, te quedas atrapado, y en ese momento la única salida es hacer la película”.
Y continúa: “En cierto momento, empiezas a oír un estruendo externo que simplemente tienes que desentrañar, y te crees presuntuoso –porque hacer una película siempre es un acto de presunción– al pensar que puedes contar algo que rompa el silencio sobre la vida, sobre un tema, sobre un personaje, sobre historias. Recordé la respuesta de Kieślowski a esta pregunta, que es hermosa, así que la hago mía: ‘En cierto momento, empiezo a percibir aromas que pueden romper el silencio”.

Con La Grazia son nueve películas las que han compartido Servillo y Sorrentino (más dos proyectos de teatro televisado). Para el director napolitano, el actor ha sido el senador Giulio Andreotti (Il divo), Silvio Berlusconi (Silvio (y los otros); Loro 1, Loro 2) y hasta su padre (Fue la mano de Dios). En esta película, como tantas veces le ha pasado, no pudo pensar en otro actor. “Entre las muchas cualidades de este presidente tenía una de la que dependían todas las demás: una especie de autoridad innata”, explica el cineasta. “La misma que le he atribuido a Toni desde que lo conocí, para mí realmente no había otro actor capaz de interpretar este papel”.
Es esa autoridad innata que conlleva las características que querría ver en los políticos actuales. “Este personaje tiene algo cada vez más raro en los políticos actuales: la frugalidad. En la película, se representa simplemente a través de la comida, pero la frugalidad en un político significa, en mi opinión, tener una especie de vocación de responsabilidad. Todos debemos tener responsabilidad, pero requiere un grado adicional en el caso de un político que debe, además, abordarla en público. Aunque con demasiada frecuencia, entre los políticos actuales, lamentablemente sobre todo entre aquellos que ocupan puestos clave de poder, presenciamos una participación en la política más por razones oportunistas que por vocación”.
Y con quien se atreve, además, a sacar a la palestra un tema tan tabú en Italia como la eutanasia. “Francamente, me alegraría mucho que la película contribuyera, aunque fuera mínimamente, a volver a hablar sobre la eutanasia”, admite Sorrentino. “Quizás sea hora de abordar el tema en su totalidad, incluso de una manera más orgánica y definitiva, porque la legislación al respecto en Italia está bastante fragmentada”.
