De ‘Normal People’ a ‘Aftersun’, de ‘Gladiator II’ a ser Paul McCartney para Sam Mendes. Y antes enfrentarse a la figura y textos del gran escritor inglés en ‘Hamnet’ (estreno en cines 23 de enero).
Fue en plena pandemia, en mitad del confinamiento, cuando todos nos enganchamos a más series de lo habitual, cuando Paul Mescal (y su compañera de reparto, Daisy Edgar-Jones) se convirtió en una estrella instantánea por la adaptación de la novela de Sally Rooney, Normal People. Poco después, estrenaría La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal, y deslumbró como padre cariñoso y perdido en Aftersun, de Charlotte Wells, que le llevó hasta los Oscar. ¿Y después? Ridley Scott le elevó hasta lo más alto en Gladiator II. Salir de la arena del circo le está llevando por caminos más íntimos: ahora estrena Hamnet, como William Shakespeare, pero tiene pendiente The History of Sound, con Josh O’Connor, y esta entrevista nos la concede en un descanso del ensayo para el proyecto aún sin título sobre los Beatles, de Sam Mendes, en el que interpretará a Paul McCartney. Además, ya ha empezado a rodar el nuevo trabajo de Richard Linklater que se extenderá décadas, Merrily We Roll Along. ¿Es la estrella del momento? Por supuesto.
Chloé Zhao ha dicho de tu elección como William Shakespeare: “Recuerdo que me criticaron por cosas que no eran históricamente exactas, como el pelo de Paul. Pero ya habíamos visto la versión históricamente exacta y dije: “No, quiero que Shakespeare sea sexy. Quiero un Shakespeare atractivo”.
[Risas] Me alegra que a Chloé le parezca sexy [más risas]. Pero entiendo lo que dice, porque es algo en lo que coincidimos. Ese retrato de Shakespeare que conocemos, con la lechuguilla en el cuello, súper inmóvil… ni siquiera sabemos si es una representación precisa o real de su aspecto. En realidad, no tenemos ni idea de cómo era. Creo, supongo, que la respuesta de Chloé es un poco irónica, pero sí apunta a una idea más importante: romper con la suposición. Creo que en cuanto se nos ve a Jesse y a mí en la película, el público se desestabiliza de inmediato porque piensa: “Oh, ese no se parece al retrato que he visto de Shakespeare”. Y marca un lugar realmente interesante para empezar la película. Nos permite sentirnos cómodos y seguros. Y también nos quita la presión del mito de su apariencia, de cómo hablaba, de las manos. Nos da libertad para interpretarlo.¿Pensaste en tus años de colegio, cuando os hacían leer Shakespeare, estudiarlo?
[Risas] Sí, sí, además, tengo una relación curiosa con eso porque cuando estudiaba secundaria, recuerdo estar en penúltimo año y que me tocara Romeo y Julieta y pensar que yo era demasiado cool y que Shakespeare era un rollo. No sé por qué [risas], pero creo que decir eso era lo guay entonces. Sin embargo, cuando llegué a Macbeth un poco después, ya había hecho algunas obras en el colegio y sabía que me encantaba actuar y leer Macbeth fue una experiencia totalmente diferente, pero, aun así, recuerdo que todavía me daba un poco de vergüenza que me gustara y no podía expresarlo abiertamente. Me conmovió mucho el lenguaje, pero me sentí un poco limitado por no saber con quién hablar de esto. Y no creo que lo entendiera del todo porque tenía 17 años, pero era solo el sonido… creo que está escrito en un plano más amplio donde no tienes que entenderlo del todo para sentir lo que intenta decir.
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La película (y el libro) le da un significado nuevo a Hamlet, al “ser o no ser”, y quizá a Shakespeare. Como actor anglosajón, ¿cómo miras ahora su figura y su obra?
Siempre me he preguntado: ¿Quieres interpretar Hamlet? Y siempre he dicho que no. Tenía ese miedo y respeto a hacerlo, pero después de Hamnet, he empezado a pensar, por primera vez, que quizá sí me gustaría, creo que interpretar al hombre que escribió esas palabras le ha hecho más real, más tangible. Son palabras que vienen de alguien que se cuestionó a sí mismo, que estaba sufriendo por la muerte de su hijo, que se preguntaba si debía morir o vivir. Lo siento más accesible ahora, elimina el mito de la presión de las palabras. Curiosamente, cuando ensayamos y tenía que decir esas palabras siendo él, me parecía imposible, pero al hacerlo lo sentí como un regalo, porque no se trata de celebrar las palabras, sino de invertir en el sentimiento y entonces las palabras cobran sentido.
Hablas de Shakespeare y ahora estás interpretando a Paul McCartney en la trilogía de Sam Mendes… ¿Cómo te libras de la presión de interpretar personas así, tan mitificadas? Y si lo consigues, ¿te sientes más libre para interpretar otros?
Creo que, si el primer día de rodaje hubiera tenido que ir al set a decir “ser o no ser”, lo habría mandado a la mierda, no habría podido. Pero fue fundamental dejar el ego a un lado, creo que cuando él escribió esas palabras no lo hizo para impresionar sino para comunicar algo que sentía profundamente. A todos nos impresiona mucho William Shakespeare, pero creo que debemos recordar que escribir una obra como Hamlet cuesta mucho. Y no solo Hamlet, también Romeo y Julieta, El rey Lear, Macbeth… Deben surgir de los lugares más personales e intensos. Y creo que, al centrarme en eso, me quitó un poco la presión porque pensé: “Deja de darle vueltas y simplemente respeta lo que nos ha dado”.
La película habla del poder del arte para curar o sanar, ¿te acuerdas de algún momento en que te haya pasado a ti?
Sí, recuerdo haber pasado por una ruptura desesperada y ver Blue Valentine [risas], no era la primera vez que la veía, pero la volví a ver entonces y pensé: “¡Qué bajón!”. ¿Sabes cuándo vuelves a ver una película desde un contexto diferente y es como si la estuvieras viendo desde cero? Esa fue la primera vez que me pasó eso, sentí que el arte depende del receptor o de la posición vital del espectador. Podríamos ver la misma película, tú y yo, y uno podría conmoverse muchísimo y el otro aburrirse muchísimo. Y eso no es culpa del cineasta, es el público. Blue Valentine en ese contexto me conmovió de una manera totalmente distinta.
