El director de En construcción vuelve a la sección oficial de Zinemaldia con Historias del buen valle.
Con su séptimo largometraje, Historias del buen valle, el maestro barcelonés regresa a la competición del festival donostiarra 14 años después de que, gracias a En construcción (2001), obtuviera allí el Premio Especial del Jurado e iniciara un recorrido que resultó estar plagado de premios, elogios de la crítica y aplausos del público. La nueva película se sirve de un retrato del barrio de Vallbona, en la periferia de Barcelona, para llevar a cabo una meditación el significado de la vida en los márgenes.
¿Qué supone para ti regresar al festival de San Sebastián?
Me hace mucha ilusión estrenar la película allí, y no sólo por la historia que comparto con el certamen. A lo largo de su metraje se detectan hasta 12 idiomas, y creo que su proyección en San Sebastián permitirá que toda esa diversidad de acentos, hablas y formas de lenguaje popular sean percibidas en todas sus dimensiones. De presentarla en un festival internacional, eso no sería posible.
Al menos a juzgar por su premisa, la película parece mantener vínculos estrechos con En construcción. ¿Es así?
Sin duda, de entrada, porque ambas fijan su mirada en sendos barrios de la misma ciudad. Dicho esto, yo las considero películas muy distintas, y por eso espero con mucho interés la respuesta del público y la crítica. Siempre necesito reconocerme a través de la mirada del espectador.

¿Por qué Vallbona?
Es un barrio que está omitido. De hecho, al salir del centro de Barcelona por la autopista, una serie de paneles publicitarios se encargan de ocultarlo a la vista. Buena parte de sus vecinos tienen un origen campesino, y no se han integrado a la nueva urbe a la que pertenecen. Pero ese desarraigo también conlleva una singularidad. Las formas de existencia que allí persisten fueron erradicadas del centro de la ciudad hace tiempo.
¿Dirías que la película funciona también como reflexión sobre el proceso de turistización al que los centros urbanos están sometidos?
Sí, en cierto modo. Allí el turismo ha acabado con la vida de barrio, ya no hay comercios familiares ni hay bares. Los bares tradicionalmente han sido el principal elemento cohesionador entre los ciudadanos y, por tanto, el eje central de la vida en el país. Pero ya no cumplen esa función porque se han convertido en lounges que sirven brunch, o reclamos para turistas donde sirven paellas precocinadas y sangrías embotelladas.
¿Puede un cineasta capturar realmente la realidad de un barrio? ¿No se ve alterada esa realidad por la presencia de la cámara?
Por supuesto. Como yo lo entiendo, el cine no reproduce la realidad; de eso se encargan las cámaras de vigilancia, que están en todas partes. Nuestra tarea va un poco más allá: crear una nueva realidad, y capturar una verdad que, me atrevo a decir, es más profunda.
