Lucía Aleñar convierte su corto homónimo en su deslumbrante ópera prima, Forastera compite en la sección Punto de Encuentro de la 70 edición del Festival de Valladolid.
Bajo el hipnótico entramado formal de Forastera, ópera prima de la madrileña Lucía Aleñar, subyace un inefable misterio. Es en la absoluta confianza que la cineasta novel deposita en el poder evocador de la imagen cinematográfica donde reside la principal virtud de su debut en el largo, una película de serenísima elegancia que, pese a abrazar de principio a fin la contención y el silencio, logra situarse en las antípodas de la gelidez emocional.
Cata (Zoe Stein, Mantícora), que a punto está de alcanzar la mayoría de edad, asiste a un acontecimiento traumático en su último verano como adolescente: cuando se halla en mitad del umbral que la separa de la adultez, su abuela fallece de manera inesperada y repentina. Confundida y apesadumbrada, pero también hambrienta de vida, la joven afrontará el duelo de la pérdida aprendiendo a habitar la ausencia.

/PHOTOGENIC JoséC.Castillo
La envolvente gramática visual que maneja Aleñar –sostenida en un minimalista y siempre pregnante trabajo con el encuadre, y en una paleta de colores pastel de una frialdad marina— confiere a Forastera una cualidad táctil y, al tiempo, etérea, que logra abrir las puertas a una suerte de umbral fantasmático donde ausencias y presencias conviven. Una, en fin, deslumbrante pieza de realismo poético que, desde una delicadísima sensibilidad, aborda la importancia de quebrar el tabú para decir la muerte, y que, en última instancia, versa sobre la forma en que los que se van siempre permanecen, invisibles pero latentes, en quienes se quedan.
