Con Tres adioses, adaptación de la novela Tres cuencos, de Michela Murgia, es la tercera vez que la directora inaugura la Semana Internacional de cine de Valladolid.
Seminci cumple 70 años. Y qué 70 años. El festival vallisoletano, en su nueva etapa, desde hace tres, con José Luis Cienfuegos al frente, continúa haciéndose un hueco cada vez más fuerte en el siempre condensado otoño cinematográfico en España (y en el mundo). En una edición tan redonda y veterana como esta han conseguido reunir una atractiva sección oficial que inaugura esta noche Isabel Coixet con Tres adioses, la incursión de la directora en el idioma italiano y el universo romano.
Es bonito que Seminci vuelva a inaugurar con ella, en la que es su tercera vez abriendo este Festival en el que se siente a gusto y donde también presentará el documental, retrato de su universo creativo dirigido por Santiago Tabernero, Las gafas de Isabel Coixet. Y es más bonito aún que inaugure con Tres adioses, adaptación del libro Tres cuencos, de Michela Murgia (que firma con Enrico Audenino), una película emotiva, honesta y luminosa, una historia que celebra la vida desde los placeres más comunes, el amor, la comida, un paseo en bici, los amigos…
Marta (Alba Rohrwacher) y Antonio (Elio Germano), sus protagonistas, son una pareja a la que conocemos sorteando un atasco en moto por Roma. Empiezan una discusión simple, probablemente repetida muchas otras tardes, pero esa noche, esa discusión acaba en ruptura. Antonio deja a Marta, y esta, profesora de gimnasia en un instituto, se queda devastada, perdida… Escribiendo malas críticas anónimas sobre el restaurante que regenta Antonio, chef, con mucho orgullo y pasión.

En esa pérdida, pensando que la ruptura estaba afectando a su salud, Marta recibe un diagnóstico médico terrible. Pero al escucharlo, sin embargo, algo en ella despierta para abrir los ojos y abrirse al mundo, para empezar a fijarse en los demás (en su hermana, en su compañero de instituto –Francesco Carril–, en sus alumnas y hasta en una pobre paloma apaleada)…
Es inevitable pensar en Mi vida sin mí viendo Tres adioses. La propia Coixet, como reconoció en la rueda de prensa de Valladolid, lo hizo al leer el libro, se acordó de una de sus películas más celebradas, pero también encontró aquí otra manera de acercarse a una premisa tan sensible: cómo afrontar el final de la vida. Es otro punto de partida, su protagonista no tiene cargas familiares, sin hijos, sin pareja, su hermana es la persona más cercana y sabe que la deja bien cuidada, querida. Y lo afronta desde otro lugar físico, Roma, que la coloca en primer término y como telón de fondo, una Roma conocida y desconocida a la vez (“de muros y ventanas, de vírgenes y plazas secretas”) que pide ser respetada y querida y cuidada, como Marta. Desde ahí, introduciendo el debate del turismo y de cómo nos relacionamos con los placeres hoy, el comer, el viajar, reivindica el alma de las cosas frente a la extrema banalización a la que estamos llegando. Si lo hacemos con un restaurante… cómo no lo haremos con la vida.
En esta reivindicación de vivir la vida con luz, los actores son esenciales. Tanto Elio Germano como Francesco Carril, pero sobre todo Alba Rohrwacher, un auténtico milagro, una actriz superlativa, radiante, llena de empatía, compasión y sinceridad, que hace Tres adioses aún más humana y emotiva.

