Esto es, justamente, lo que les pasa a los padres de Fer. Alicia y Gonzalo ven la posibilidad de matricular al niño en un colegio laico muy exclusivo y así asomar ellos en el mundo de la clase alta, hacer amistades nuevas, gente de pasta y, con todo, acceder a muchas ventajas. Por supuesto, el discurso para los demás es que todo lo hacen por su hijo. La verdad es que la decisión tiene más que ver con sus miedos como padres, con sus auténticos principios morales y con sus secretas aspiraciones.
Marian Álvarez (La herida, Morir) e Israel Elejalde (El hombre de las mil caras, Madres paralelas) son esos padres. Suso Nanclares es el niño y la excusa perfecta de la pareja. Y con ellos, en una interpretación estupenda, muy convincente, muy cómica, Juan Diego Botto (Vete de mí, Los aitas, Mi amiga Eva), dando vida a uno de esos tipos ricos de clase alta. El equipo artístico lo completan Natalia Reyes y Pilar Castro.
LAS CONTRADICCIONES DE LOS PADRES

La incorporación al equipo de guion de Borja Cobeaga (Negociador, Ocho apellidos vascos, Los aitas) fue la jugada que decidió a Víctor García León a lanzarse a este proyecto. Una de las productoras de la película, Marisa Fernández Armenteros (las otras son Sandra Hermida y Nahikari Ipiña), convenció así al cineasta de que se metiera en el lodo de sus propias experiencias como padre. “Le decía a Marisa que no, que las contradicciones de los personajes eran mis mismas contradicciones, pero entonces contrató a Borja Cobeaga y es que decir que no a Cobeaga es muy difícil, porque es muy gracioso y muy guay currar con él”, dice.
Fue idea de Cobeaga, según cuenta García León, contar la historia desde las clases medias en lugar que desde la clase alta. “Y desde ahí yo sí podía contarlo mejor. Ahí encontramos el cómo meterle el colmillo. Pero es verdad que yo al principio no quería, no quería”, confiesa el cineasta.
“Casi todo tiene mucho que ver con nuestras propias vidas”, explica el director, que recuerda cómo, cuando empezaron a escribir, Borja Cobeaga estaba buscando colegio para sus hijos y él estaba cambiando a los suyos de centro escolar. “Las conversaciones que hay en la película te prometo que son las conversaciones que tenemos todos los padres en todos los parques de bolas”, asegura y confiesa: “Yo espero que la película se parezca a la vida más que a las películas”.
UNA FOTOGRAFÍA DE CLASES
En este caso, además, la película intenta parecerse a la propia vida incluso desde las decisiones de fotografía y de ritmo que se han tomado. Altas capacidades, de alguna manera, reproduce la percepción que tenemos de las distintas clases sociales al capturar las escenas de maneras diferentes. “Nuestra idea primero era hacer una película un poco antropológica, en el sentido de que no queríamos hacer una película muy enfática, donde nosotros fuéramos los personajes y sintiéramos con ellos, sino que fuéramos observadores de una pareja y poco a poco convertirnos nosotros en esa pareja”, aclara Víctor García León.

En cuanto a la dirección de fotografía, la idea era, en palabras del director, tener “películas dentro de películas”. Así, las escenas de la clase media se ruedan en una casa pequeña, con planos medios “y chiquititos”. Al entrar en la casa del personaje de Juan Diego Botto, de repente, hay movimientos de cámara más elegantes, “incluso cambiamos en rango de ópticas, o sea, la de la clase alta es una foto mucho más limpia”, explica. Y al enfrentarse a la clase baja todo se rueda cámara en mano “y todo se ve regular”, añade.
NIÑOS SOBREMIRADOS
Esas diferencias entre unos ciudadanos y otros, que son espejo de las distintas posibilidades que se tienen en la vida dependiendo de la clase social en la que hayas nacido, están pues presentes en la película incluso en sus decisiones de narrativa visual. Todo ello para alentar una reflexión acerca de la forma en que los padres educan hoy a sus hijos.
“Al final lo que estamos construyendo son niños sobremirados, pero con una mirada muy mal puesta. Quiero decir que miramos a los niños con la vocación de que sean espejos de nosotros mismos. Me da la sensación de que estamos siendo unos padres demasiado neuróticos”, afirma Víctor García León, que insiste en esta idea: “Yo entiendo que a lo mejor la generación anterior quizá nos miró muy poco, pero nosotros estamos mirando demasiado. Nosotros llevamos a los hijos a las tres corales, los ponemos el tutú, luego les llevamos a flauta travesera, corremos, corremos, corremos y cuando cumplen 15, miramos a eso que hemos construido nosotros con mucho esfuerzo y decimos, no nos gusta. ¿Y ahora qué hago yo con él? Que lo quemen, vengan del pueblo con horcas y lo quemen”.
