Alexandros Avranas dirige ‘Vida en pausa’, sobre el drama del síndrome de resignación: “Un día todos seremos refugiados”

Vida en pausa

A partir del llamado “síndrome de resignación”, Vida en pausa, del griego Alexandros Avranas, reflexiona sobre la migración y la inactividad occidental.

En su nueva película, Vida en pausa, el director de Miss Violence (2013) y Love Me Not (2017) se sirve de una intrépida premisa –el estado vegetativo en el que queda sumida de repente la miembro más joven de una familia rusa que trata de obtener asilo político en Suecia– para reflexionar sobre el drama de los refugiados y el egoísmo europeo.

¿Cómo descubrió el síndrome de la resignación?

Hace siete u ocho años leí acerca de él en un artículo, y no me lo podía creer, parecía la sinopsis de una versión macabra de La bella durmiente: niños de entre 5 y 15 años que, tras ser víctimas de experiencias traumáticas, quedan sumidos en un estado de coma, en ocasiones durante años; dejan de reaccionar por completo ante estímulos externos y, simplemente, se apagan. Al parecer, es algo que lleva décadas sucediendo. El dato me pareció una metáfora idónea de la anestesia que

Europa parece haberse inyectado para ignorar el sufrimiento de los refugiados. Los tenemos al lado, pero no los tratamos como personas. Así de terrible es la sociedad que estamos dejando a nuestros hijos.

“No hablen del pasado, ni sobre el asilo, ni de sus problemas o su ansiedad”. Los protagonistas de la película reciben esas advertencias varias veces. ¿Por qué?

Además de ser gente decente que huye de la opresión, los personajes de la película son obligados a amoldarse a la imagen que las autoridades han diseñado para ellos, que renuncien a su propia identidad. En realidad, es lo mismo que las redes sociales hacen con nosotros. En Instagram todos impostamos sonrisas y ocultamos lo que sentimos realmente, y nadie se comunica de verdad con los demás. El sistema no nos da otra opción si queremos existir socialmente.

El retrato que Vida en pausa traza de la institución familiar no es precisamente amable…

Nuestro presente distópico hace que los padres cometan errores, que se olviden de cómo cuidar de sus hijos. En la película, las niñas perdonan a sus progenitores y les ofrecen una posibilidad de salvación igual que, en el mundo real, los niños salvarán la sociedad. Ellos son nuestra única esperanza de cara al futuro, no podemos olvidarlo, porque llegará un día en el que, a causa del cambio climático, todos seremos refugiados.

Entender eso quizá nos ayude a tratarnos mutuamente con más compasión y ternura.

En su momento, usted fue incluido entre los cineastas de la llamada “Ola rara del cine griego”. ¿Qué sintió al respecto?

No lo entendí y me molestó. Se supone que un grupo de artistas pertenecientes a un movimiento son gente que comparten ideas y trabajan en equipo, y yo ni siquiera conozco personalmente a Yorgos Lanthimos ni Athina Rachel Tsangari. Además, yo no hago cine raro, ni absurdista. Sólo trato de reflejar la sociedad, cada día más absurda.

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