Visita al rodaje de ‘The Running Man’ con Glen Powell

Visita al rodaje de ‘The Running Man’ con Glen Powell

The Running Man

Fuimos testigos del rodaje de The Running Man, la nueva película de Edgar Wright protagonizada por Glen Powell, una nueva adaptación de la novela distópica de Stephen King. Ahora que se estrena cines (21 de noviembre), os contamos lo que sucedió una fría noche en Derry Street.

Son solo las ocho de la noche, pero la temperatura ya ronda los cero grados. Nos espera una larga y fría noche en los estudios Prime Time, a unos 40 minutos del centro de Sofía, la capital de Bulgaria. El rodaje de The Running Man lleva varios días en marcha. Seguimos la pista de Glen Powell, el protagonista de la nueva adaptación de la novela homónima de Stephen King publicada en 1982 bajo el seudónimo de Richard Bachman. La misión comienza: desde la entrada del estudio, caminamos unos 100 metros, lo suficiente para pasar de las calles de Bulgaria a las de Derry Street; sí, el nombre del pueblo ficticio de Maine donde el Rey del Terror ambientó muchas de sus historias más famosas, la más conocida quizá… sí, IT.

El cambio de escenario es evidente, tanto en el espacio como en el tiempo: The Running Man se desarrolla en una América distópica, oprimida por la desigualdad económica y el control de los medios de comunicación. Este contexto se refleja en los letreros y escaparates, incluso en el restaurante que vemos al final de la calle, rodeado por el equipo liderado por el director Edgar Wright. “Intentamos recrear la mayor cantidad de atmósferas diferentes a medida que viajamos”, explica el diseñador de producción Marcus Rowland. “Aunque estamos en Bulgaria, utilizamos varios platós exteriores, a menudo bastante destartalados, y nos esforzamos por darles vida con letreros, mobiliario urbano y detalles que evocan la estética de un pequeño pueblo estadounidense”.

Esta Derry Street en la que nos encontramos es la interpretación del director de la trilogía Cornetto (Zombies Party, Arma fatal y Bienvenidos al fin del mundo) y de Última noche en el Soho, pero “conserva la esencia del libro. Es un mundo distópico, con una marcada división entre ricos y pobres, zonas ricas y zonas desfavorecidas”. Un escenario que, por tanto, sirve a la trama: la película sigue (o, mejor dicho, persigue) a Ben Richards, un hombre común y corriente, que, desesperado por salvar a su hija enferma, participa en The Running Man, un reality show extremo emitido a nivel mundial en el que los concursantes –los runners o corredores– son perseguidos por despiadados rastreadores profesionales y pueden ser traicionados por cualquiera que se cruce en su camino. No hay escenarios cerrados: Richards debe desenvolverse en un mundo abierto, hostil y vigilado, mientras la televisión transforma su lucha por la supervivencia en un espectáculo de masas.

The Running Man

El reparto, además de la ya mencionada estrella de Top Gun: Maverick y Cualquiera menos tú, incluye a Josh Brolin como Dan Killian, el poderoso productor del programa; Colman Domingo como el carismático presentador Bobby Thompson; Jayme Lawson como Sheila, la esposa de Ben; y un elenco de destacados actores, entre ellos Lee Pace, Michael Cera, Emilia Jones y William H. Macy.

Y es, precisamente, desde un televisor que seguimos la huida nocturna de Glen Powell, resguardados en una sala de producción cerca del plató, dentro de uno de los edificios ruinosos: fuera, la retrofuturista Derry Street; dentro, espacios vacíos y monitores de servicio. El programa de la noche incluye una escena en la que Ben Richards, disfrazado de sacerdote ciego, camina por Derry Street y un hombre (interpretado por Alex Neustadter) se le acerca y le pide consejo sacerdotal, pero sospecha de su verdadera identidad. Ben se da cuenta de que lo han descubierto, lo golpea y huye.

Nos perdimos por un día la secuencia en la que el hombre persigue a Ben, disparándole desde el coche, pero nuestro protagonista logra subirse a un tren y escapar. Hay poca acción, entonces, pero la tensión en los intercambios entre ambos es palpable y refleja los sentimientos ya presentes en la novela original: “Queríamos que el espectador siempre estuviera en el punto de vista de Ben Richards, para transmitir tensión y paranoia. En el libro, el peligro está en todas partes: cualquiera puede traicionarte o capturarte. Nos inspiramos en historias de resistencia clandestina, donde no sabes en quién confiar. Esta incertidumbre constante fue un reto que quisimos mantener en la película”, nos cuenta el guionista Michael Bacall, quien nos explica los detalles de esta nueva adaptación.

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Comparada con la década de 1980, la tecnología ha cambiado mucho: “En el libro no hay teléfonos móviles ni redes sociales, pero la idea de la inteligencia artificial ya está presente. Fue complejo decidir qué conservar y qué actualizar. La novela era muy visionaria, especialmente en la idea de las corporaciones que se hacen con el poder político, algo que, lamentablemente, es cada vez más relevante”. Cuando comenzó el primer borrador, Rusia estaba invadiendo Ucrania: “Veía mucha propaganda y me parecía asombroso que en una sociedad moderna todavía pudiera transmitirse un solo mensaje por televisión. Pensamos en cómo crear un mundo donde la televisión siga siendo relevante: imaginando que las redes sociales son accesibles principalmente para los ricos, mientras que otros usan tecnologías más antiguas y difíciles de controlar”, continúa. “Al principio, dijimos: ‘Este mundo podría ser el nuestro dentro de 20 años’. Luego 15, luego cinco. Cuando empezamos a rodar, dijimos: ‘Tenemos que darnos prisa, porque ese futuro parece ya estar aquí”.

De hecho, durante nuestra cacería nocturna en el set búlgaro, hay algunos elementos que nos hacen comprender que la historia se desarrolla en una época diferente, aunque no tan lejana a la nuestra: mientras camina, Ben Richards se acerca a un buzón que mezcla pasado y presente. “No ambientamos todo en los 80, pero nos inspiramos en esa estética, tomando un desvío alternativo. Es un buen punto de partida; el retrofuturismo funciona bien”, nos cuenta Rowland.

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Andrew Whitehurst, supervisor de efectos visuales, se hace eco de este sentimiento: “Intentamos evitar parecernos a algo que ya hayamos visto. Las influencias están ahí, pero nos inspiramos más en el mundo real: por ejemplo, el metro de Montreal fue una referencia más útil que Blade Runner. En la ciencia-ficción, es fácil caer en una estética repetitiva; Marcus y yo queríamos evitarlo”.

Hay algo nuevo en esta adaptación, pero la esencia de la historia y la distopía siguen siendo las imaginadas por Stephen King, quien ya ha dado su visto bueno, no siempre explícito. “Edgar se mantuvo en contacto con él –dice Bacall– le enviamos el borrador del guion e inmediatamente respondió con entusiasmo, diciéndonos: ‘Voy por la página cinco, pero habéis dado en el clavo’. Fue un momento tenso esperar su veredicto final, pero al final, nos dio luz verde”.

“Esta es una historia profundamente estadounidense: codicia, poder desvergonzado, crueldad como entretenimiento de masas. Aquí no hay ningún aquelarre malvado creando una especie de gladiador en una isla secreta: es el propio público el que se deleita con la violencia. No queríamos hacer una película abiertamente política, sino observar la sociedad y la dirección que está tomando, especialmente con los nuevos oligarcas tecnológicos. Es una película oportuna sin ser moralizante”, concluye el guionista.

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