Basada en la novela de Mark Lowery, A 500 millas de casa es una emotiva road movie, reflexión del duelo y carta de amor a Irlanda.
Entre Sheffield, Inglaterra, y Dingle, Irlanda, hay 500 millas, 677 kilómetros que no serían tanto si no hubiera que cruzar un mar y si no fueras huyendo de la situación que dejas en casa. Finn (Romain Griffin Davis, el chaval de Jojo Rabbit) huye de su casa, ante la que parece la enésima discusión de sus padres, que anuncian la separación y siguen sin cogerle el teléfono a su abuelo (Bill Nighy). Coge una mochila, a su hermano Charlie (Dexter Sol Ansell, El caballero de los siete reinos) y ponen rumbo a Irlanda en un viaje que les llevará a coger un tren, un autobús, un barco, un coche e incluso ir a caballo. En el camino, conocen a Kait (Maisie Williams, Juego de tronos), que ayudará a Finn hasta llegar a su abuelo.
En Dingle, Finn tiene fijado los recuerdos más felices de su vida, pero también vamos descubriendo poco a poco allí está el souvenir más triste de todos. Y, sin embargo, más maduro emocionalmente que sus padres, el adolescente parece saber que allí es donde deben volver para cerrar con aquello que ocurrió y no les deja avanzar. A pesar de cierta previsibilidad en el giro de la película, es un emotivo viaje lleno de intensos paisajes y entrañables momentos que solo muy al final se tiñe de excesiva sensiblería. Ayuda mucho estar acompañados de ese folklore irlandés tan auténtico y primigenio y, sobre todo, buenas interpretaciones de los jóvenes y del siempre genial Bill Nighy.