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Crítica de ‘Bajo el mismo sol’: Un lugar al que pertenecer

Una hipnótica fábula sobre el desarraigo y la amistad en el Caribe colonial que acaba lastrada por un ritmo excesivamente moroso.

Tras co-dirigir dos largos con la argentina Silvina Schnicer (Tigre, de 2017, y Carajita, de 2021), el catalán Ulises Porra hace su debut en solitario con una bella y triste historia de amistad en el convulso contexto del Caribe colonial de comienzos del XIX. La historia sigue los pasos de un heredero español (David Castillo) que, ayudado por una tejedora china (Valentina Shen Wu) y un desertor haitiano (Jean Jean), busca dar continuidad al trabajo de su padre estableciendo una fábrica de seda en la isla La Española, en pleno corazón de la selva. Durante el proceso, la ambición y la codicia comenzarán a convivir, poco a poco, con la necesidad de colaboración y afecto entre tres personajes desplazados, pertenecientes a culturas distintas, que acabarán encontrando en el otro las fuerzas para sobrevivir en mitad de la adversidad. Porra firma una película eminentemente sensorial e inmersiva, de tono íntimo e introspectivo y narrativa elíptica; un film que, pese a sus múltiples virtudes –sus buenas interpretaciones, su delicado lirismo, su abrumadora belleza plástica–, acaba viendo mermada parte de su fuerza dramática por la excesiva parsimonia de su ritmo.

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