Crítica de ‘Cinco segundos’: El peso del pasado

Cinco segundos

Un drama rural sobre la soledad, las heridas del pasado y la posibilidad de reconstruirse junto a los demás.

Adriano Sereni (Valerio Mastandrea) es un hombre rudo y solitario que vive retirado del mundo en antigua mansión en ruinas restaurada. La llegada de una comunidad de jóvenes estudiantes, empeñados en revitalizar los campos y viñedos abandonados de la finca vecina, perturba su aislamiento; entre ellos está Matilde (Galatea Bellugi), nieta del último conde Guelfi, que creció allí junto a su abuelo y que pronto empieza a interesarse por el pasado de ese hombre hosco y hermético. En paralelo a su vida rural, marcada por la convivencia inicialmente forzosa con los jóvenes, la película reconstruye el episodio traumático que llevó a Adriano a apartarse de los demás, incluyendo el doloroso juicio mantenido con su mujer por lo ocurrido a su hija, misterio que la película se tomará su tiempo en desvelar. De tono crepuscular, el último trabajo de Paolo Virzì (El capital humano, 2013; Locas de alegría, 2016) se mueve con relativa soltura entre el drama íntimo y una cierta reivindicación de lo comunitario como vía de reconstrucción frente al aislamiento individual. Hay algo genuinamente tierno y bienintencionado en esta historia de heridas, superación y reconciliación con las raíces; especialmente en la manera en que el contacto con los jóvenes acaba por otorgarle a Adriano una posibilidad de redención. Chirría, sin embargo, en un aspecto: la excelente capacidad inicial del film para dar forma a la intriga, dosificando sabiamente la información sobre lo ocurrido, termina arrastrando el relato en su tramo final hacia un terreno más cuestionable. Así, esa elusión del misterio, en un comienzo orgánica y eficaz, acaba por subordinarse a una estrategia emocional cada vez más calculada, haciendo más evidente y algo más maniqueo un mecanismo narrativo que hasta entonces había demostrado una notable sutileza. La secuencia final, en la que, bajo una melancólica puesta de sol, el coche del protagonista se aleja hacia el horizonte mientras suena el Place to Be de Nick Drake, cristaliza de algún modo esa deriva: una imagen de una belleza calculada, demasiado consciente de su propia capacidad para conmover.

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